Por: Juan Carlos Botero

Otra historia de la bondad

Con base en ciertos comentarios a mi columna anterior, veo que muchos no soportan que se diga que en el mundo suceden cosas buenas. Y menos que se diga que suceden más buenas que malas a nivel cotidiano, aunque se trate de un hecho evidente.

Incluso, al hacer este tipo de afirmación, la respuesta es siempre igual: “¿Entonces usted piensa que en el mundo no pasan cosas malas?”. No, no lo pienso. Suceden cosas malas, y lo sabemos de sobra porque las vivimos y porque los medios nos lo dicen cada día. Más aún, lo que se considera noticia es casi siempre negativo, mientras que lo positivo pocas veces se menciona. ¿Cuál es el resultado? Gran parte de la población siente que en el mundo prevalece el crimen y la violencia, cuando eso, por suerte, ya no es cierto. “Lejos de ser un ‘mundo en guerra’, como muchos creen”, anota Steven Pinker, “habitamos un mundo en donde cinco de cada seis personas viven en regiones libres o en gran parte libres de conflictos violentos”.

Entonces se oye otra crítica. Suceden cosas buenas, parecen conceder. Pero son pocas y no son comparables a las grandes tragedias de hoy, como el drama de los refugiados, el terrorismo, la guerra y la pobreza. Pero ahí la historia es, nuevamente, incompleta.

Lo cierto es que el mundo ha progresado en varios de esos frentes de manera asombrosa. Y no sólo en cuanto a la violencia, como indica Pinker, sino en temas milenarios como la pobreza. Y se divulgan tan poco esos éxitos, que muchos califican el triunfo sobre la pobreza como uno de los mayores secretos de la actualidad.

¿El triunfo sobre la pobreza? ¿Acaso no basta abrir los ojos para ver que eso es falso, como un chiste cruel? Pero es cierto. Como señala Michael Green, experto en análisis de Progreso Social, en el año 2001 la ONU se fijó una meta imposible: para el 2015 se tendría que reducir a la mitad la población del mundo que vivía en la pobreza extrema. Tomando el promedio de 1990, cuando el 36 % del mundo vivía en la pobreza absoluta, para el 2015 se debería de reducir al 18 %. Esa meta, claro, no se logró. Se superó. Se redujo la pobreza mundial al 12 %. Y aunque falta mucho, por primera vez se vislumbra una meta impensable en el horizonte: la desaparición de la pobreza extrema en el mundo para el año 2030. Y casi todos los organismos internacionales creen que se podrá lograr.

Sin embargo, ¿semejante noticia tan positiva ha sido bien difundida? No. Al punto que, sólo en EE. UU., el 95 % del país piensa que la pobreza mundial no se ha reducido sino que sigue igual o ha crecido. Y esa desinformación no se limita a la pobreza. Lo mismo sucede con la salud. En 1980 morían tres millones de niños por sarampión. Ahora, por primera vez en el planeta, son menos de 100.000. E igual con la educación, incluyendo la de las niñas. En 1980 sólo la mitad de las jóvenes en los países emergentes concluían la escuela primaria. Hoy es el 80 %. Cierto: aún mueren miles de niños cada día por hambre y otras calamidades, pero estamos en un punto de inflexión, y por primera vez en la historia estamos al alcance de la erradicación de la pobreza extrema en el mundo. Todo depende de cómo actuemos a partir de ahora. Y depende de lo mucho que les exijamos a nuestros líderes. En breve, depende de nosotros. Como siempre.

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