Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

Otra servidumbre voluntaria

Tal vez los sofisticados sistemas de compraventa, de alienación por el consumo, nos han conducido a ser, sin darnos cuenta, mercancías. Nos compran. Nos venden. Y ahí vamos, como un contenedor, sin pensamiento, sin preguntas. Solo existimos para la exhibición, o para que nos empaqueten como aquel que tiene cuerpo extraño, o como el otro de músculos hipertrofiados y una total inopia en el cerebro.

Quizá hemos optado por la servidumbre voluntaria. Así no más. Esclavos del espejismo de la apariencia. Interesa, como en algunas redes sociales, saber más acerca de lo que el otro come, a cuáles restaurantes va, qué almacenes visita, en qué demonios se gasta el salario, que, por ejemplo, cuáles libros ha leído.

Dos mil millones de personas pasan, como mínimo, una hora al día en Facebook. El todavía joven Mark Zuckerberg, creador de esta red, debe estar de plácemes por el invento, que él dijo era para “conectar a la gente”, pero que en el fondo (y en la superficie también) es para la formación de nuevas dependencias, además de vigilancias y monitoreos.

Facebook, una de las empresas más exitosas del mundo, está montado para el fisgoneo. Un artículo de Mori Ponsowy, publicado en el diario El Tiempo, dice acerca de esta monumental compañía que “los usuarios somos el producto que está en venta; los usuarios le hacemos la publicidad al sitio; los usuarios le regalamos el contenido”. Y —sigue la nota— que todos los que participamos como embobados por esta suerte de atracción hipnótica trabajamos gratis para el emporio.

Alguna vez le leí a Ernesto Sábato que los horóscopos expresaban una necesidad humana, una suerte de curiosidad, tal vez superficial, por saber acerca de lo que pudiera deparar el destino. Zuckerberg supo que una plataforma como la diseñada por él era un modo de resolver la necesidad humana de ser queridos y admirados, de ser observados hasta con “envidia” de parte de los otros.

Puede ser que esta red (y otras) esté estructurada con base en el deseo, a veces inconsciente, porque en los tiempos del consumo masivo, del reino del mercado, las mercancías operan también en planos sicológicos. Tal como lo decía algún francés, no sabemos quiénes somos, pero si nos ponen al frente a otros que gastan, entonces queremos ser como ellos. El esnobismo se fundamenta en desear lo que otros ya tienen. En copiarlo. Y así funciona Facebook.

“Dos mil millones de personas le hacemos publicidad a Facebook cada día, y la mayoría sin siquiera sospecharlo”, advierte el citado artículo, por lo que no es extraño, entonces, que los dueños de la plataforma se gasten tan poca plata en publicidad, si, como dice una canción parrandera paisa, ahí está el bobo o, en este caso, los bobotes a granel. Quizá sea pertinente recordar algunas palabras de Umberto Eco cuando decía, refiriéndose a las redes sociales, que “el drama de internet es que ha promovido al bobo del pueblo como el portador de la verdad”.

Hoy, ante el nuevo terror a la soledad y al anonimato, ante la preponderancia de lo superficial, las redes sociales pueden ser un modo de la visibilidad, de combatir el susto a permanecer ocultos, porque el reino de la imagen no puede prescindir de tu presencia, de tu manera de comerte un sancocho o un caviar, de saber que el otro se enterará de que vas volando hacia Atenas o la Patagonia.

Pasa como con el cuerpo. Hay que moldearlo en el gimnasio. Para exhibirlo. Para que el otro sienta que está frente a una escultura renacentista. Aunque no falta el que, con orgullo y acto de provocación, muestre su barrigota y sus “llantas”, porque no hay por qué estar llevando la corriente ni atender los arbitrarios cánones de la moda. “La pinta es lo de menos, vos sos un gordo bueno”, decía una balada argentina de los 60.

Facebook es una empresa vendedora de publicidad. “Mientras nosotros observamos a los demás, Facebook nos observa a nosotros y usa la información que le damos para ganar dinero vendiendo anuncios”, recalca la predicha nota, titulada “Así juega Facebook con su mente para convertirlo en mercancía”. Y gana en abundancia, incluso hasta para que sus dueños se conviertan en filántropos y puedan ejercer lo que las matronas de antes llamaban “caridad con uñas”.

Hoy, las cadenas de la esclavitud son invisibles y poco aprietan. Más bien, se llega, como en determinadas muestras de servidumbre voluntaria, a amarlas, a necesitarlas. Es, tal vez, la táctica empleada por esta y otras empresas mundiales: convertirnos en mercancía sin poder decir ni “mu”. ¡Ah!, basta con un “me gusta”.

 

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