Por: Augusto Trujillo Muñoz

Otra vez el Mediterráneo

La civilización contemporánea no nació en Europa. Sus raíces son Mediterráneas. Grecia, Anatolia, Egipto, Roma, Fenicia, Iberia, enmarcan el escenario donde se produjeron las expresiones más sofisticadas de pensamiento y las formas mejor elaboradas de organización social. Mientras tanto Europa era un ignoto territorio de tribus bárbaras que, todavía entre los siglos v y x, fueron incapaces de procesar los restos del conocimiento antiguo que tenían a su disposición.

Las tribus europeas encontraron en la guerra su actividad cotidiana. Al amparo de sus príncipes guerreros surgieron el feudalismo como sistema económico y el imperio germánico como organización política. En cambio en el Mediterráneo se desarrollaron las ciudades, los municipios, el comercio, la navegación, el derecho gremial, el derecho local. Incluso más allá –árabes, chinos, hindúes- habían descubierto la brújula, la pólvora, el número cero.

Mientras en la Europa central y en la nórdica se producían enfrentamientos e invasiones, tanto en la península itálica como en la ibérica se consolidó, durante la edad media, un fenómeno de diversidad, irrepetible bajo los dominios del imperio. Las ciudades repúblicas de Italia recordaban las civitas romanas o la polis griega y los fueros territoriales de España crearon derecho, recabaron las cartas-pueblas e inspiraron libertades locales. Eran sociedades plurales que se relacionaban civilizadamente.

Sin embargo, a partir del siglo xv, Europa impuso su visión unitaria y logró extender por el mundo su influencia económica y espiritual. Pero la Modernidad fue, al mismo tiempo, un proyecto emancipatorio en cuanto privilegió la razón, y un proyecto opresor en cuanto privilegió el absolutismo. Así nacieron las instituciones políticas modernas, como el estado-nación por ejemplo, que se convirtió en paradigma fundamental durante los últimos quinientos años.

Fueron tantas las guerras europeas durante estos cinco siglos, que hacia la mitad de la centuria anterior, surgió la idea de construir una comunidad entre sus países, que comenzara en el ámbito de los negocios. Tal es el origen de la Unión Europea que, por cierto, hoy es objeto de dificultades, pues tiene amenazados sus dos grandes pilares: la zona Schengen y la zona euro. Pero además, registra evidentes carencias de liderazgo, tanto nacionales como comunitarias.

En estos días se reúnen en Francia los principales dirigentes europeos, en el marco del llamado G-8. Han anunciado su decisión de apoyar a países como Egipto y Túnez, siempre y cuando avancen hacia la democracia. En otras palabras piden lo que ellos mismos no hacen pues, por iniciativa del presidente francés, cada día endurecen sus políticas migratorias y fortalecen sus fronteras para dificultar el tránsito de personas.

Mientras tanto el nuevo primer ministro de Túnez Beji Essebsi y el ex presidente del gobierno español Felipe González conversaron sobre la “primavera árabe”, más allá de unas cumbres que parecen agotarse en los titulares de los medios de comunicación. Quizás conversaron también sobre Egipto y el 15M de Madrid, que se ha extendido a otras ciudades, incluida Roma entre ellas. A todo parecer allí está, otra vez, el Mediterráneo. Creo que eso puede resultar esperanzador para el siglo xxi.

*Ex senador, profesor universitario

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