Por: Eduardo Barajas Sandoval

Otra vez la patria perdida

El referendo puede ser una forma contundente de suicidio político para sus promotores, cuando el apoyo ciudadano no es verdaderamente mayoritario y cuando, aunque lo sea, no existen ni fuerza suficiente ni apoyo internacional para defender sus resultados.

La aspiración, legítima, que ciertas naciones tienen de convertirse algún día en estado reconocido por la comunidad internacional, difícilmente puede superar ciertas barreras que una y otra vez se yerguen para limitar sus posibilidades. Como el tiempo en estas materias se mide, cuando menos, en décadas, son muchas las generaciones que viven del sueño y pocas las que encuentran la oportunidad de realizarlo. La geografía no cambia fácilmente, y más bien parece que reiterara sus opciones y sus exigencias; pero el decurso de la historia y las cambiantes relaciones sociales traen todo tipo de incidencias, como las falsas promesas, las ambiciones, la fuerza insuperable de otros, y hasta las equivocaciones propias. 

Una de las familias más grandes e infortunadas de los parajes que unen y separan a Europa de su madre Asia es la de los habitantes tradicionales del Kurdistán. Presentes, al parecer desde el Siglo X antes de Cristo, justo en el centro del Asia Menor, equidistantes del Mediterráneo, el Mar Negro y el Caspio, y enclavados entre Irán, Irak, Siria y Turquía, los kurdos han recorrido un largo trecho de su historia bajo la ilusión de tener un estado propio, sobre la base de su identidad nacional.  

La historia de los poderes dominantes en la región incluyó en la antigüedad nombres prestigiosos como el de Ciro el Grande, rey de los persas, y Alejandro Magno. Posteriormente la lista corresponde a la de los gobernantes del Imperio Romano, del cual fue la Provincia de Corduene, y del Otomano, que conforme a su modelo colonial concedió a los kurdos ciertas libertades, sobre la base de la fidelidad tributaria hacia la Sublime Puerta. Todo esto hasta cuando la lucha en busca de un estado nacional, en términos contemporáneos, se desatara por los mismos tiempos de la independencia latinoamericana. 

Al terminar la Primera Guerra Mundial, y en pleno desvanecimiento del poder otomano, el fallido Tratado de Sevres alcanzó a incluir la creación de un Estado Kurdo, al que le señaló fronteras, dentro del concepto de “autodeterminación da las nacionalidades”. Entonces, si bien el espacio concedido no alcanzaba las proporciones de la aspiración kurda, la ilusión existió hasta que las tropas turcas se encargaron de terminarla por la fuerza de las armas que sofocaron el episodio de una rebelión libertadora en 1925.  Meses antes el Tratado de Lausana había dividido el Kurdistán entre los países que hoy se lo reparten. 

Desde entonces, y hasta nuestros días, la llama de la aspiración nacional de contar con un estado propio se ha mantenido por parte de los pobladores kurdos, cada uno en su patio “extranjero”, a través de movimientos políticos de diferente orientación, así como de movimientos guerrilleros proscritos por las correspondientes capitales, unidas en el propósito de impedir la separación de la zona kurda que les quedó del reparto. Pero si bien la realización del sueño resulta prácticamente imposible tanto en Irán como en Turquía, donde reside la mayoría del pueblo kurdo, la disolución de Siria vino a plantear interrogantes y la realidad iraquí ofrecía hasta hace apenas unos días la única oportunidad de avance hacia la eventual aparición de un nuevo estado.

El descalabro de la aventura occidental en Irak, con la correspondiente destrucción del país, fue aprovechado por los kurdos para entrar en la contienda. Como aliados de quienes buscaban un nuevo orden, obtuvieron con motivo de la expedición de la Constitución de 2005 la consolidación de la “Región Autónoma del Kurdistán Iraquí”, reconocida por el Gobierno Federal de Irak, y que tiene frontera con Irán, lo mismo que con Siria y con Turquía, además de estar adherida al resto del territorio iraquí. A partir de esa realidad, y en desarrollo de la lucha contra el Estado Islámico, propósito al que los kurdos ayudaron abiertamente, fueron agregando nuevas extensiones territoriales, particularmente significativas en cuanto alojan enorme riqueza petrolera, como es el caso de Kirkuk.

Este es, en términos simplificados, el trasfondo del referendo que las autoridades del Kurdistán iraquí celebraron el pasado 25 de septiembre, en la ruta de constituirse en un Estado de pleno derecho. Jugada política de alto riesgo, a pesar de la arrolladora mayoría que votó en favor, precisamente bajo el peso de esa enorme tradición de anhelo independentista que lleva años latente, en espera de cualquier oportunidad, pero que mortifica tanto a los países que se reparten el territorio habitado por los kurdos. 

La interpretación de los organizadores del referendo, en el sentido de que, una vez conseguido un contundente apoyo popular, estarían a un paso de lograr el viejo sueño, no podía ser más ilusa. Y la equivocación resultó aún más evidente en cuanto se pretendía mantener el control de Kirkuk, reclamada como capital histórica, pero que, dentro de la Constitución iraquí, no figura como parte del territorio de la Provincia Autónoma.

Así que, realizado el referendo, y a pesar de la contundencia del deseo de formalización de un estado independiente, las autoridades de Bagdad ordenaron a las tropas del ejército iraquí ocupar otra vez Kirkuk, con sus campos petroleros, y retomar el control de los territorios sobre los cuales los kurdos habían logrado extender sus dominios dentro del propio Irak. Los legendarios “Peshmerga”, fuerza de defensa de la autonomía kurda, y símbolo armado de la lucha por la independencia, conocedores de sus limitadas posibilidades, no opusieron resistencia. El gobierno federal fue prudente al no enviar a sus tropas más allá de la frontera de la Provincia.

Victoriosos en las urnas, pero desalojados por la fuerza, con su bandera arriada tranquilamente para reemplazarla otra vez por la de Irak, con mucho menos territorio bajo control, y con unos decepcionados aliados extranjeros, que aparentemente habrían favorecido más tarde un referendo con apoyo internacional, los promotores de la gran jugada del mes pasado, que cantaron a todos los vientos su estruendosa victoria, han quedado por ahora como unos políticos ilusos. No supieron entender que, para consolidar un proceso de independencia, es necesario no solamente tener el deseo, sino capacidad de defensa y ánimo de lucha, además de alianzas extranjeras confiables y también poderosas, para que el proyecto sea viable. Una vez más, y mientras no aparezcan tanto la fuerza suficiente para defender el proyecto, como el apoyo internacional prometido, la soñada patria independiente de los kurdos sigue perdida. 

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