Otra vez los hp’s micos

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En “El invierno de nuestra desventura”, Héctor Abad habla de que al racismo de Donald Trump lo nutren las políticas públicas que el biólogo Charles Davenport propuso durante los años de 1930 para defender la pureza racial blanca. En aras de enriquecer su aproximación, me referiré a ese 14 de agosto de 1862, cuando el presidente Abraham Lincoln convocó a cinco líderes afroamericanos en la Casa Blanca. Como eran pocos los reclutas blancos para la guerra civil, anunció “que les permitiría a los exesclavizados unirse al Ejército de la Unión y luchar contra sus antiguos amos”. Sin embargo, al mismo tiempo, les advirtió que había convencido al Congreso para que subvencionara la emigración de la gente negra a otro país, indispensable porque “ustedes y nosotros somos razas diferentes […]”. Para la ensayista Nikole Hannah-Jones, de ese tipo de creencias ha dependido el troquelamiento del racismo en el ADN de ese país1.

Sin embargo, ese troquel no nos es ajeno. Mediante el Comité de Eugenesia de la Asocia­ción Genética Americana y la Oficina de Registros Eugenésicos, Davenport influyó en la promulgación de nuestra Ley 114 de 1922 para mejorar las “[...] condiciones étnicas, tanto físicas como morales, [mediante] la inmigración de individuos y familias que por sus condiciones personales y raciales no puedan o no deban ser motivo de precauciones [pero, al mismo tiempo, prohibía] la entrada al país de elementos […] inconvenientes para la nacionalidad y para el mejor desarrollo de la raza [...]”.

Un poco más tarde, el gobierno colombiano enviaba una delegación oficial a la Conferencia Panamericana de Eugenesia y Homicultura, la cual —inspirada por el mismo Davenport— tuvo lugar La Habana (Cuba) en diciembre de 1927, con el propósito de estudiar los borradores del Código Panamericano de Eugenesia y Homicultura, e instituirlo en todo el continente. Al contrario de los delegados de Bolivia, México y Perú, quienes se horrorizaron con que el Estado llegara a impedir la reproducción de los indígenas, el enviado colombiano no formuló objeción alguna2.

Así, al denigrar de “indios” y “negros” se le daba aura científica, de modo que Laureano Gómez no tuviera reatos al expresar que “[...] el negro es una plaga. En los países donde ha desaparecido, como en Argentina, Chile y Uruguay, ha sido posible establecer organi­zaciones políticas y económicas con bases fuertes y sólidas”3. Y el liberal Luis López de Mesa responsabilizaba a la supuesta inferioridad racial de indios y mestizos de abortar el estadio civilizatorio de la Revolución en Marcha3.

Hace un tiempo, me referí a las voces de “micos hijueputas” que la policía empleó para justificar las golpizas y destrucción de viviendas en La Fiscala, asentamiento de gente negra desterrada desde el afro-Pacífico. Hoy la fuerza pública reedita esa violencia racial en Compostela (Usme), donde otros afrodesterrados tratan de rehacerse como comunidad. Ese infortunio será objeto de mi siguiente artículo de opinión.

1 Me he basado en el ensayo “Our democracy’s founding ideals were false when they were written. Black Americans have fought to make them true”, de Nikole Hannah-Jones, que hace parte de la magnífica serie “1619” que The New York Times comenzó a publicar en agosto de este año para conmemorar el primer desembarco de cautivos y cautivas africanos en lo que hoy son los Estados Unidos.

2 República de Cuba. 1928. “Actas de la Primera Conferencia Panamericana de Eugenesia y Homicultura de las Repúblicas Americanas”. La Habana: Gobierno de la República de Cuba.

3 Gómez, Laureano. 1928. “Interrogantes sobre el progreso en Colombia”. Bogotá: Editorial Minerva.

4 López de Mesa, Luis. 1949. “Perspectivas culturales”. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

* Profesor de antropología, Universidad Externado de Colombia, firmante de la carta en defensa de Francia Márquez por las aseveraciones irresponsables de la periodista Salud Hernández.

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