Por: Arturo Guerrero

Otro año que vivimos peligrosamente

¿Cómo se le mide el aceite a un presidente? El primer año parece lapso prudente para hacerlo. Ha pasado la cuarta parte del mandato, el 25% de su reinado. En cambio los 100 días son un relumbrón. Un besamanos demasiado inicial.

Pues bien, es la hora del primer gran balance. ¿Pero qué vale la pena examinar en este corte a comerciales de la comedia? En primer lugar no hay discusión sobre el punto de partida. Quien se sienta en la silla de Bolívar no era nadie antes de que fuera ungido como candidato por el eterno.

De modo que no sufrió, no tuvo que ascender el larguísimo y empinado zigzag de componendas necesario para conseguir avales, alianzas, miles de millones de pesos, apoyos, votos. La banda presidencial le cayó del cielo, como todo lo eterno.

Ocho años atrás había sucedido una señal consagratoria similar. Con la diferencia de que el ungido tenía por sí mismo peso específico, pertenecía a los escogidos desde tiempos ancestrales, se preparaba desde niño para el gran cargo. No era un recién llegado, tenía programa propio. O no tan propio, el programa de sus ancestros.

Ocurrió que el gran elector, a su turno ocho años más atrás, había sido igualmente propulsado por esos dueños de toda la vida, para administrar la finca. Él aprendió para qué sirve el poder, aunque todavía no había tomado conciencia de su eternidad. De ahí que se enfureció cuando su elegido corrió por caminos díscolos.

Asimiló la lección, en el nuevo turno de las urnas volvió a ejecutar su prestidigitación electoral, marcó a un nuevo elegido cuidándose de que fuera alguien sin historia. En estos lances, no tener historia equivale a entregarse de rodillas ante el pequeño dios. En sus primeros discursos el favorecido novato reconoció que no por pequeño este dios deja de ser eterno.

En este punto es dable contestar de qué manera se ha de valorar el primer año de este último protagonista. ¿Lo importante es saber si está aprendiendo a gobernar? ¿O si su partido lo apoya ante el Congreso para sacar adelante sus leyes? ¿O si su lema es trabajar, trabajar y trabajar o más bien viajar cada 20 días hasta el fin de la Cochinchina?

Es evidente que no. Así como tampoco se trata de insistir para risas sobre sus videos con guitarra, balón o pareja de baile. Ni de analizar qué tanto se ha independizado de la asfixiante eternidad de su mentor, padre y protector.

Los interrogantes sustanciales deberían versar sobre el contenido político de sus actos. Porque no hay una única manera de gobernar. Se puede gobernar como Obama o como Trump, como Mandela o como Maduro, como Stalin o como Gorbachov. ¿Qué clase de aprendizaje en gobierno ha hecho el presidente colombiano en su primer año?: he aquí la sustancia, la carnita y los huesitos sobre los que se le debe juzgar.

¿Quién escribe su libreto? ¿Qué órdenes profiere cuando trabaja, cuántas hectáreas alambra y cuántas devuelve, qué intereses representa, a quiénes enriquece cada vez más y a quiénes esquilma con el IVA y los impuestos? Y por encima de todo: ¿qué está haciendo con la ilusión de paz, hoy convertida en balazos por la espalda?

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