Por: Nicolás Rodríguez

Otro grito de guerra

Justamente porque la intención era fomentar “una Colombia contra el terrorismo sin distinción de clase, de condición, de partidos, de creencias”, los fieles seguidores de la religión uribista se reunieron en el Club El Nogal en torno a Fernando Londoño.

Se dijo que el propósito inicial era acompañar al exministro en su dolor. Ser solidarios. Pero ya que estaban ahí, parece, aprovecharon para sacarle alguito de punta a la situación. Se la jugaron, entonces, por un capítulo más del conflicto, que bautizaron en la bélica lengua que todos conocen. Pero eso sí advirtieron que el fervor académico era fuente fundamental de sus inofensivos propósitos.

Ahora tenemos un frente más, uno que convierte en grito de guerra lo que apenas era, se supone, una conquista del derecho internacional: el terrorismo, dicen, no es arma política, no es delito político y tampoco es negociable. Tres condiciones que creíamos inherentes a toda democracia, pero que por lo visto irán grabadas, en adelante, en banderas, pocillos y escudos del Frente Antiterrorista.

Ya son varias las personas que se han pronunciado frente a los tintes paraestatales que hay en el solo nombre de la patriótica iniciativa. Los menos pacientes han señalado incluso la coincidencia idiomática (además de temporal) que habría entre este recién calibrado frente y el menos fotografiado de la Antirrestitución.

Como sea, no está claro quién será el primero en entonar el himno de esta nueva iniciativa de ciudadanos preocupados. A quién, pues, habrá que darle eventualmente las gracias. Pues si bien es muy mal visto que el terror haga parte de las estrategias políticas, que se insista en hacer pasar por políticos a los que no pasan de ser meros terroristas y que además se pretenda hablar de negociaciones con esos mismos terroristas, lo que sí parece que es válido, deseable y hasta necesario es hacer política con el terrorismo.

Para eso el Frente Antiterrorista.

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