Por: Mauricio Botero Caicedo

Otro paseo, otro río…

PARA ALGUNOS EXISTEN COINCIdencias entre la crisis subprime que atraviesa Estados Unidos y la crisis que atravesó Colombia a finales de la década pasada. Para el autor de esta nota, como reza el refranero popular, se trata de otro paseo, en otro río...

Los bancos estadounidenses, dados los estrechos márgenes de intermediación, decidieron quintuplicar el número de operaciones hipotecarias con el fin de seguir aumentando sus utilidades. Simultáneamente la banca hizo caso omiso de los mayores albures implícitos en la expansión crediticia y empezó a prestarle plata a clientes de alto riesgo, cuya capacidad de pago debido a la precariedad de sus empleos estaba seriamente comprometida.

 La codicia va generalmente acompañada de la estupidez, lo que llevó a los bancos estadounidenses no solo a prestar dinero para la compra de la vivienda, sino a entregar sumas adicionales para remodelación, vehículos, o viajes, todo ello cubierto bajo la misma hipoteca.

 Las solicitudes de crédito fácil y barato se dispararon y los bancos estadounidenses se percataron de que sus recursos de capital no eran suficientes para alimentar la demanda adicional. Asesorados por banqueros de inversión ambiciosos y creativos, los bancos juntaron hipotecas prime con subprime a través de paquetes denominados MBS, o Mortgage Backed Securities (Obligaciones garantizadas por hipotecas) y con la inexplicable complicidad de algunas calificadoras de riesgo, los bancos captaron recursos en el mundo entero, aumentando su potencial para seguir prestando.

En esencia lo que ocurrió fue un divorcio entre aquellas instituciones que evaluaban el riesgo y asumían la hipoteca y entre aquellos inversionistas que en últimas aportaban los recursos. Sin saberlo, la casa del fontanero de Wichita muy posiblemente estaba siendo financiada con los ahorros de un dentista de Shangai. Al final, ocurrió lo que siembre ocurre con las burbujas: explotó.

 El fontanero de Wichita, que durante la crisis perdió su empleo, colgó la toalla y entregó la casa al ser el monto de la hipoteca superior al valor comercial de la vivienda. Pero en realidad quien termino perdiendo la plata no fue el irresponsable y codicioso banco en Wichita, sino el incauto dentista de Shangai que había invertido sus ahorros en un Fondo de Inversiones que compró MBS.

En Colombia no fue la codicia o irresponsabilidad de los bancos lo que condujo a la crisis, sino una secuencia de políticas equivocadas: El gobierno de Gaviria, al indexar los créditos hipotecarios a las tasas de interés en vez de a la inflación, colocó a los acreedores hipotecarios en terrenos movedizos.

El gasto público desaforado de Gaviria y Samper en los noventa, combinado con la turbulencia financiera internacional, llevó a unos marcianos que en su día fungían como directores del Banco de la República a elevar las tasas de interés a niveles que hicieron impagables las deudas hipotecarias. La manipulación de la tasa de interés por parte del Emisor fue el principal responsable de la mayor crisis económica en la historia de Colombia, crisis que sólo hoy, diez años después, el país está superando.

En el manejo institucional de las crisis hay una enorme diferencia entre Estados Unidos y Colombia. Mientras el fontanero de Wichita (que a raíz de la crisis perdió su casa) logrará convertirse en sujeto de crédito una vez consiga empleo, el pobre colombiano al que le tocó entregar su vivienda (si no fuera por una reciente tutela) seguiría eternamente en las listas negras de el sistema financiero.

En Estados Unidos el sufrir un revés económico es un accidente pasajero. En Colombia los reveses económicos son un delito, castigado por la muerte civil, por más que el descalabro haya sido por causado por la incompetencia de las autoridades económicas y financieras.

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