Por: Mauricio Rubio

Otro sermón desperdiciado

Este año estuve en una primera comunión muy especial. Recordé la mía disfrazado de fraile y deploré una nueva oportunidad perdida por un cura.

El escenario no podía ser más apropiado para la ceremonia: la catedral de Santa María del Mar, en el casco antiguo de Barcelona, con sus vitrales, arcos apuntalados, bóvedas, ojivas y esa mágica penumbra que conmueve hasta el tuétano en cualquier recinto religioso medieval. Me sorprendió que el prelado no invitara a esa niñez nerviosa y expectante a contemplar, sentir y compenetrarse con el entorno, ignorando olímpicamente arquitectura e iconografía. Un sermón idéntico hubiera podido oírse en una sala múltiple escolar o en una misa campal.

La historia de esta catedral es fascinante. Al llegar el cristianismo a Barcino, colonia romana, surgió una pequeña comunidad fuera de las murallas, cerca del mar. A finales del siglo VII el lugar ya se conocía como parroquia de Santa María del Mar. Con el crecimiento urbano medieval el puerto cobró importancia, se construían naves y abundaban talleres de todas las artes y oficios que los nombres de las calles recuerdan. También se edificaron grandes palacios de nobles y mercaderes. Para ampliar el templo, los comerciantes financiaron la obra y el rey Pere III autorizó traer la piedra del Montjuic, a unos 4 km. Quienes cargaban y descargaban mercancía en el puerto, los bastaixos, ofrecieron sus hombros y barcas para transportar bloques hasta la basílica. Algunos se especializaron en esa labor formando un gremio muy respetado. La construcción duró más de 50 años.

Aunque comunión comparte etimología con común, el cura desaprovechó esta magnífica historia de coordinación de esfuerzos en una obra colectiva para ilustrar la importancia de pensar en los demás, en la ciudad, el vecindario y la comunidad. Todo lo contrario, su invitación fue a establecer un contacto personal directo con Dios: anunció a ese inocente y angustiado rebaño, que ya sabe de veganismo, que ese día comerían el cuerpo y beberían la sangre de Jesucristo para salvarse individualmente.

Cuando entendí que el extraordinario lugar donde se administraba el sacramento sería desdeñado, esperé que al menos el cura usara el cristianismo como herramienta pedagógica contra ciertas acciones infantiles reprochables: matoneo, envidia, intolerancia, racismo o sexismo; que les inculcara el rechazo a juguetes fabricados con trabajo infantil; que mencionara la importancia de respetar normas y leyes, hacer tareas, ser puntuales, decir la verdad, cumplir promesas y volverlas obligaciones. Al revés, el deplorable mensaje fue que las virtudes provienen directamente de Dios, quien las concede sin condiciones y perdona los pecados siempre que sean confesados a un hombre que oficialmente lo representa en la tierra. Tampoco hubo en el sermón alusión al respeto y cuidado que merecen la naturaleza y el medio ambiente.

No era la primera vez que me molestaba por su extrema irrelevancia para el auditorio un sermón de misa. Hace unos años, en pleno proceso de paz, acompañé a mi hermana a la iglesia en Bogotá. El cura estrato 6, lujosamente ataviado, no mencionó ni una sola vez temas tan cristianos y pertinentes para la época como arrepentimiento, perdón, amor fraternal y reconciliación, usurpados por una pazología antirreligiosa, poco laica, que deformó por completo su significado y cercenó su origen sin el más mínimo conocimiento de cómo abordarlos.

Es tan misteriosa como lamentable la falta de oportunidad y compasión de ciertos mensajes católicos machacados desde el púlpito. Aunque mi renuncia a practicar la religión no fue por esa razón, conozco varias personas que dejaron de ir a misa tras un entierro en el que el cura se alegraba por la nueva vida de quien acababa de morir. Semejante insensibilidad con la tristeza y el dolor son de una arrogancia insuperable. No sorprende que la Semana Santa, que concentra los recuerdos más lúgubres de mi infancia, haya perdido adeptos incluso entre católicos practicantes.

Para esta época navideña, apreciada por cualquier menor de edad, la Iglesia católica se dejó quitar la preponderancia que tenía en Colombia para darle paso al más vulgar mercantilismo por la misma falta de contacto con la gente. Incluso la Novena de Aguinaldos y buena parte de los villancicos siguieron siendo crípticos e inútiles: “Tutaina tuturumá… Antón tiruriruriru, Antón tirurirurá”. Las pocas tradiciones rescatables, como el pesebre y la canción Noche de paz, lo son precisamente por centrarse en los orígenes del cristianismo simple, humilde, comprensible, ecológico, desprovisto de soberbia y pompa, con un mensaje universal e imbatible de empatía, igualdad, hermandad y amor al prójimo.

Durante un par de semanas alegres y festivas se desvanece ese detestable pacto infantil individual para salvar el alma que, reforzado después con el libre desarrollo de la personalidad, la idealización económica del egoísmo y la definición subjetiva de los derechos, explica tanta incivilidad, quejadera y daño al patrimonio público.  Felices fiestas.

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