Por: Julio Carrizosa Umaña

Otros futuros

Los ecosistemas se ignoran en las discusiones acerca del futuro del país, se tratan como si sus estructuras y funciones fueran constantes, invariables a través de los siglos.

Para la mayoría de los políticos y los economistas los colombianos vivimos en una inmensa planicie plena de riquezas en donde no hay cordilleras frágiles, ni suelos malos, ni climas inestables, ni ríos contaminados y desenfrenados, ni plagas incontrolables, y en la cual la erosión, la compactación, la desertificación, los deslizamientos, derrumbes e inundaciones, la minimización de poblaciones enteras de mamíferos, insectos, anfibios y aves y la deforestación de medio país no tienen mayor importancia.

Además de la geografía, algunos dirigentes colombianos parecen ignorar también la historia. Insisten en que la solución está en una locomotora minera, como si el oro no hubiera siempre sustentado nuestros yugos y como si las grandes empresas del carbón y el níquel no hubieran coexistido con la guerra, la corrupción y el narcotráfico en las regiones más pobres. Tampoco se detienen a indagar si la concentración de conocimiento, poder y riqueza a 2.600 metros sobre el nivel del mar afecta la vida en el resto del país. Simplemente piensan que es muy extraño que las regiones superhúmedas o las desérticas o las que existen detrás de las barreras conformadas por tres cordilleras no tengan la misma competitividad que las que tienen todo el conocimiento, todo el poder y toda la riqueza.

Pero lo más curioso de algunos políticos y economistas es su desprecio de los avances de las ciencias que investigan las razones del comportamiento humano: de la antropología, la sociología y la psicología, para no hablar de las ciencias cognitivas. Ese desprecio los conduce a pensar que 66 años de guerra, los cuento desde 1947, no han originado traumas inenarrables en millones de colombianos y a suponer que viven en una sociedad homogénea en donde sus instrucciones y proclamas serán seguidas sin pestañear. Para ellos o, digamos, para la mayoría de ellos, Colombia es plana y en el país no existe el racismo, ni las mafias mandan, ni la clase dirigente está cerrada con candado, ni por lo menos un tercio del país es guerrerista.

Por eso es necesario insistir en una invitación al realismo, en un diálogo amplio en el cual logremos reflexionar acerca de nuestra propia realidad y de la posibilidad de otros futuros, olvidados de modelos elaborados por los demás, aceptando que no vivimos en el paraíso sino en el trópico pobre y deteriorado.

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