Por: Santiago Gamboa

Otros jesucristos

VALE LA PENA RECORDAR, EN esta Semana Santa, a los “jesucristos” de otros templos profanos que, de algún modo, también murieron en la cruz, y murieron por los demás: para que otros recibieran el supremo bien de la belleza y el arte.

Como Juan de la Cruz: poeta y santo de la iglesia, prófugo, sufí clandestino, supremo místico: "La noche sosegada, en par de los levantes de la aurora, la música callada, la soledad sonora".

Como Rimbaud: sentó en sus piernas a la belleza y la encontró amarga. Su fantasma recorre los polvorientos caminos, murmurando: “Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos a las espléndidas ciudades”.

Y Edgar Allan Poe: borracho, inconsciente a las puertas de un bar de Nueva York. Su cruz podría estar en Rhode Island o en Baltimore. “Que dios ayude mi pobre alma”, fueron sus últimas palabras. También pudo decir: “Nunca más”.

Y Porfirio Barba Jacob: ¿Dónde estará su cruz? ¿En algún sórdido hotel de Managua o buhardilla del D.F.? Habrá que buscarla en la biografía de Fernando Vallejo: “¡Que el jugo de las viñas me alivie el corazón! A beber, a danzar en raudos torbellinos, vano el esfuerzo, inútil la ilusión…”.

Y Pier Paolo Pasolini: jóvenes, pobres amantes. Fue asesinado en una playa igual que Mersault, el protagonista de El extranjero, de Camus. Fue homosexual y comunista. También católico. Extraño coctel.

Y Malcolm Lowry: quien solía decir: “La única esperanza es el siguiente trago”. Su cruz puede estar en Dollarton, Columbia Británica, donde fue feliz. “Compadece al ciego y al lisiado, pero también al que está en el banco y no puede ni firmar su nombre”. Fue alcohólico y suicida.

Y Paul Celan: saltó al Sena desde el puente Mirabeau, de París. El poeta del silencio, tal vez de las profundidades. Del misterio. Su cruz, llena de algas, estará al fondo de algún lago.

 Y Gómez Jattin, en Cartagena: travestido, esquizofrénico, homosexual, poeta y marihuano. “Despreciable y Peligroso, eso ha hecho de mí la poesía y el amor”.

Recordando a estos guerreros, en Semana Santa, con la siguiente oración:

Prometo querer narrarlo todo y contra toda esperanza.

Prometo ser sincero y contradecirme.

Prometo recordar sus versos y llevarlos conmigo.

Prometo no ser un escritor sin escritura.

Lo prometo, Señor, en nombre de los poetas caídos en el campo de batalla de la página en blanco.

Lo prometo a cambio de algo muy sencillo.

Repetir esta plegaria cada mañana.

Y a cambio, Señor, no soy ávido.

Sólo te pido 500 palabras.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Santiago Gamboa