Por: Eduardo Barajas Sandoval

Otros mundos son posibles

La globalización ciudadana puede pasar de ser una utopía y convertirse en realidad. Los protagonistas del proceso mundial de integración no serán ya solamente los Estados y las grandes corporaciones.

Un número creciente de ciudadanos entrará, en países muy diferentes, a engrosar la causa común de exigir actuaciones más responsables y menos ocultas de parte de quienes manejan tanto la riqueza pública como la privada. Las acciones no tienen por qué provenir de la marginalidad ni constituir subversión. En cuanto las equivocaciones de los gobernantes y de las élites económicas son más reiteradas, también lo son los abusos. La respuesta popular no tiene por qué hacerse esperar.

Los ciudadanos de nuestra época tienen, en materia de comunicaciones, ventajas enormes respecto de quienes les antecedieron. La información les llega en términos inmediatos, de fuentes muy variadas, es decir no provenientes de comunicadores tradicionales sino de insospechados agentes que registran, comentan, generan o difunden hechos de interés colectivo. Además, no se conforman con recibir datos. Saben que pueden reaccionar y se pueden expresar de inmediato sobre todos los hechos de los que tengan noticia. Las restricciones políticas se van desvaneciendo en estas materias y el mundo se ha hecho para todos más cercano, con todo lo que ello implica desde el punto de vista de la opción de encontrarse en las nubes de internet, por encima de las talanqueras de otros tiempos.

Si comunicación era lo que antes faltaba, ahora no hay problema. Gracias a ello los habitantes de muchas partes del mundo han advertido que tienen problemas similares. Han sabido que también en otros lugares sus congéneres han retirado, o enfriado, sus afectos hacia la clase política, lo mismo que hacia los partidos y las matrículas que impliquen obligaciones. Son muchas las muestras que se pueden recoger en los países más variados. La creciente abstención electoral parece ser la más significativa de ellas. La izquierda y la derecha se satanizaron sin cuartel y mientras tanto quienes en otra época estaban dispuestos a dar la vida por una u otra causa han aterrizado en el campo medio del pragmatismo. Lo que hace que el ejercicio de la política sea más libre, más espontáneo, menos dogmático, más practicable.

A millones de ciudadanos del mundo les une la inconformidad con una serie de fenómenos propios de nuestra época: la competencia feroz, a cualquier precio y de todos contra todos, en condiciones de obvia desigualdad; la entrega de cuanto bien público haya a manos privadas, con el argumento de la eficiencia pero sin el compromiso del servicio; la abolición de fronteras para los capitales y la edificación de fronteras para los seres humanos; el despeje del campo para el florecimiento de paraísos fiscales; la llamada flexibilización de las condiciones laborales al punto de la indefensión de la parte más débil, y el ahorro de todos los costos posibles, incluyendo en primer lugar los costos sociales.

Las respuestas que se dibujan ante todos esos fenómenos tienen índole similar. En todas partes, o al menos donde existen regímenes que se reclaman democráticos, la gente quiere ejercer una vigilancia mayor sobre los parlamentos o los congresos, es decir sobre esos representantes a los que ya no quiere girar cheques en blanco.  Sabe que la corrupción no proviene solamente de los funcionarios públicos y que a veces los particulares actúan como aliados de aquellos. Ha advertido que, en ocasiones, ciertos actores de la vida económica abusan de su poder desde la confortable condición de la no exposición pública. Entiende que los poderes económicos, así como pueden contribuir al progreso, tienen la opción de intervenir, exigir, condicionar y castigar a quien a bien tengan. Ha sufrido las consecuencias del funcionamiento de puertas giratorias que conectan lo público y lo privado y permiten el paso de personas, mercancías, oportunidades y modus operandi que no siempre consultan el bien común.

El hecho de que las condiciones internas de uno u otro país no sean suficientes para determinar lo que pase con sus ciudadanos, y que el destino de estos dependa de lo que suceda en otras partes, se convierte en un factor extraordinario de unión alrededor de intereses comunes. Los espectadores de la vida pública no tienen por qué seguirse portando como si estuvieran en la final de un partido de tenis, es decir con la obligación de callar mientras no termine la jugada. El descontrol no puede perdurar. Hay responsabilidades por exigir. Los ciudadanos pueden hacerlo. Ya no tienen por qué esperar a que los medios les hagan saber una u otra cosa. Si insisten, en las proporciones ampliadas del escenario mundial, pueden lograr cambios. Al menos las reglas de la democracia se lo permiten. Los interesados tienen la obligación de ayudar, porque otros mundos son posibles.

 

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