Otto y Núñez

Leí el escrito aparecido el viernes 6 de junio en El Espectador,   que firma Gabriela Pain desde París, en “Cartas de los lectores”. Allí se hace mención a mi nombre y manifiesta que en tal ciudad hice comparaciones entre Núñez y el actual Presidente. Sólo quiero  dejar estas constancias:

Primero: Por París pasé hace muchos años —¡qué melancolía!— cuando me dirigía al Festival de Música de Salzburgo. No conocí ni traté a la señora Pain.

Segundo: No figuraba, en esos años, el presidente Uribe Vélez en ajetreos políticos. No se le mencionaba aún.

Tercero: El país conoce mi desdén histórico y político por el señor Núñez. Me incomoda su traición al Liberalismo; su entrega de varias instituciones nacionales al clero; su participación activa en la concepción de la Constitución  de 1886, que condujo a dos guerras civiles.

Mi partido Liberal, en la Convención de 1897 —para evitar la Guerra de los Mil Días— presentó la propuesta con el fin de que se eliminaran los siguientes desvíos constitucionales y legales:

a) Que se ampliaran los derechos individuales;

b) Supresión de las facultades extraordinarias o discrecionales;

c) Que se eliminara la Ley 153 de 1887, que consagraba que la ley prevalecía sobre la Constitución;

d) Las disposiciones centralistas que atentaban contra la vida provinciana;

e) Que se garantizara la libertad de imprenta y la abolición de la “Ley de Caballos”;

f) Que el Presidente fuera responsable de sus actos;

g) Que se organizara el poder electoral independiente y no se utilizaran por el conservatismo, para votar obligatoriamente a su favor, ni el Ejército, ni los conventos;

h) El Poder Judicial debía ser inviolable y debían eliminarse los jueces “itinerantes”, designados por el Gobierno;

i) Régimen del Ejecutivo de cuatro años y no tolerar más los abusos de Núñez con sus reelecciones caprichosas  y su constante ausencia del poder.

j) Una política de educación para el pueblo;

k) Que se suprimiera la pena de muerte;

l) Que no se importaran bienes de consumo de la comunidad con gravámenes altos y, éstos, no recayeran sobre los productos nacionales.

m) Que no se favorecieran, por el Estado, más los monopolios.

n) Eliminación del papel moneda, pues a las clases marginales las ahogaba más la pobreza.

No se hizo caso al Liberalismo y vino la guerra.

Cuarto: A Núñez, y a los gobiernos en los cuales participó con Caro y Carlos Holguín, se le debe: La “Ley de los Caballos” para el manejo de la prensa; o los jueces itinerantes —políticos— para juzgar a los liberales. Nuestros jefes fueron desterrados, encarcelados y, luego, durante muchos años, execrados.

No tengo, ideológicamente, motivos para señalar a Núñez como ejemplo de político y estadista.

Quinto: Que no se olvide que por el exceso de extraños negocios a  la Regeneración Conservadora de Núñez, y de Caro, se le llamó  la “Compañía Industrial”.

El estadista Uribe Uribe escribió un libro que tuvo que enviar a un país de Centroamérica que se titula Los Ladrones de Colombia, en el cual se registraban los nombres de regeneradores negociantes. Cuando esto se supo en Colombia, arreció el odio contra Uribe Uribe, que culminó en su asesinato.

Agradezco la cita de la señora Pain —a quien no conozco— y le recomiendo que busque otro “mampuesto” para disparar su rechazo al excelentísimo presidente Uribe.

Otto Morales Benítez Bogotá

Contradicciones performativas

Una de las prácticas más aberrantes entre los paramilitares consiste en entrar a los pueblos para cazar homosexuales. El procedimiento exige que, antes, los cazados hayan sido señalados. Una de las prácticas más desconcertantes en algunas organizaciones militares estatales (en particular la norteamericana) consiste en estigmatizar y en penalizar a quien declare su condición homosexual. Sabemos, por otra parte, que históricamente las protestas en las universidades públicas en Colombia suelen dirigir sus acciones (en muchas ocasiones violentas) contra sus contradictores, adornándolas con consignas como “¡paramilitar!”, “¡tombo!”, “¡fuera milicos!”.

Hoy en la Universidad Nacional sucede algo que es, por decir lo menos, paradójico. Resulta que si un profesor o un estudiante se opone a los principios promulgados hoy por el movimiento estudiantil y, por pura coincidencia ese profesor o ese estudiante es homosexual, entonces, se le estigmatiza y se le “monta la perseguidora”; se le llama “maricón”, se le amenaza y se le intimida. Quienes así proceden, incurren en lo que se conoce como una “contradicción performativa”. Es decir, terminan haciendo lo que en otra circunstancia (implícita o explícitamente) negarían que hacen. Para nuestro caso, esto significa que aquellos a quienes tanto les aterran (y con razón) el paramilitarismo y el militarismo ramplón, terminan comportándose como uno más entre los paramilitares y los chafarotes; terminan asumiendo lo más precario de sus conductas: la estigmatización y la imposición del  temor.

Ángela Uribe Botero. Bogotá.

Fe de erratas

Soy asiduo lector y suscriptor de El Espectador. Amablemente, quiero comentar que en la edición del lunes encontré errores bastante llamativos:

• En la columna de María Elvira Bonilla se menciona a “Dominic de Vilepan”, pero el nombre correcto es Dominiq de Villepin. Hasta donde sé, los nombres propios deben conservar su grafía. También habló de “la masiva marcha del 6 de marzo contra las Farc”... Otro gazapo: la marcha contra las Farc fue el 4 de febrero. La del 6 de marzo fue convocada con otros motivos.

• En la columna de Santiago Montenegro dice “las Fuerzas Armadas han infringido derrota”, pero el término adecuado es infligido.

Tal vez puedan considerarse errores irrelevantes, pero a un editor de páginas de opinión no se le deberían escapar.

Jaime Hoyos, M.D. Bogotá.

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