Por: Columnista invitado

Óvulos, mi pesadilla

Estaba en mi fogosa adolescencia, en la que todavía para pasar la noche con algún sujeto debía tener el título de novio y tanto la posición del misionero como dejar la luz encendida eran pruebas de alguien recorrido y muy liberal.

Estaba experimentando, oliendo, probando, descubriendo ese sexo duro y capaz de recargarse varias veces en una noche. En ese entonces no se me pasaba por la cabeza siquiera un acercamiento sin condón. Qué tiempos aquellos...

Novata en el amor, todavía virgen en algunas zonas, viví lo que en ese momento fue el mismísimo infierno. Recuerdo haber visto el empaque plateado, que mi noviecito no esperó lo suficiente para que me animara y se dejó llevar por su erguidez, y aunque fue delicado y no lo introdujo en su totalidad, me dolía cada vez que se movía y me dolió hasta que se vino.

No fue instantáneo, pero recuerdo que dormí incómoda por una rara sensación en mi entrepierna, que aumentó en la madrugada. Al despertarme me rascaba con desesperación. El baño fue peor y tomé una pésima decisión: usar el cepillo de cerdas gruesas como arma contra la picazón. Desaté un tsunami vaginal, algo tan poderoso que el hielo que me puse se derretía...

Tímida de compartir lo que me pasaba y ansiosa por encontrar una solución, me comuniqué con una amiga que me dijo que era más común de lo que creía y que debía ir cuanto antes a la farmacia. Avergonzada e incómoda llegué a comprar lo que mi confidente me recetó. La verdad no había tiempo para ginecólogo y menos para una pequeña investigación por internet.

Compré los óvulos y una crema que venía con un aplicador parecido al de los tampones. Aproveché y llevé una botella de agua, ya que el tamaño de la píldora era tal que sabía que sólo la saliva no me iba ayudar a pasarla. Abrí la caja y sin pensarlo la metí en la boca y con un buche enorme de agua la tragué.

De la rasquiña pasé a la resequedad de ojos y boca; hasta la nariz la sentía seca. Era como tener un marañón en la faringe, y fue entonces cuando volví a acudir a mi amiga/médica de cabecera, quien no pudo aguantar la risa. Confundida por su reacción le reclamé y concluimos dos cosas: que me podía ir de mula a Europa con semejante pepa que me había comido y que hay que aclarar que los óvulos no se ingieren sino que se introducen.

 

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