Por: Carlos Granés

¡Pa qué me invitan!

Sospecho que uno de los cargos más difíciles de sobrellevar es el de director de un museo.

Y no sólo porque deben lanzar carnadas atractivas para atrapar espectadores poco inclinados a deambular en actitud contemplativa entre cuadros y escaparates, sino porque el anzuelo que lanzan a veces acaba enredándoseles en el cuello. Para la muestra un botón. En noviembre del año pasado, el Museo Nacional de Ciencias Naturales de España inauguró una exhibición sobre los excrementos. Haciéndola coincidir con una campaña de la ONU, el Día Mundial del Retrete, la exhibición tenía el didáctico fin de explicar la función de la deposición en la naturaleza y los recursos usados en distintas sociedades para lidiar con tan desprestigiado asunto. Todo habría tenido un recorrido normal y silencioso, de no ser porque a los curadores se les ocurrió incluir en la programación una performance de un par de artistas -expertas en la materia, supongo- con el que le daban un toque contemporáneo y seductor al cierre del evento.

A última hora, sin embargo, la performance fue cancelada. ¿El motivo? Una de las artistas colgó en Twitter un par de fotos en las que aparecía en cuclillas, como si estuviera defecando, dentro del Monumento a la Constitución de 1978 ubicado en los jardines del museo. Las fotos alertaron a los responsables de la muestra. ¿Estaban las artistas lanzando un mensaje político en el marco de una exhibición científica? ¿Acaso iban a usar la sala asignada como improvisado inodoro? Imposible saberlo. Según el testimonio recogido por el diario El Confidencial, las artistas pretendían hacer “una acción físico-sensorial sobre el concepto de la mierda. El público asistiría a un viaje colectivo, a un proceso mutante que atraviesa los cuerpos y resignifica el propio lugar de la investigación, transformándolo en un laboratorio escénico”. Bien, maravilloso. Pero no hay quien entienda una palabra de tan jugosa parrafada, y sólo eso habría bastado para no contratarlas. Esa cháchara podía ser una justificación conceptual para una solemne defecada o para una solemne tontería. Una vez embarcadas, sin embargo, ¿cómo decirles que su performance ya no les interesaba? 

No sin razón, las artistas acusaron a los responsables del museo de haberlas censurado. Es evidente que debían tener total libertad para hacer lo que quisieran, y no correspondía a nadie orientar el sentido de su performance. Pero claro, hoy en día los artistas juegan con trampa. No rechazan las invitaciones del sector público; al contrario, las buscan, pero una vez en las instituciones recobran su sentido crítico y evacuan en ellas. ¿Merecían ser censuradas las artistas por ello? No, desde luego. Ellas pueden jugar el juego que les dé la gana y aprovechar esa o cualquier otra oportunidad para hacer sus denuncias políticas. 

Hay un video viral en YouTube en el que un borracho, cayéndose en brazos de dos amigos, grita indignado a quienes lo filman: “¡Si ya saben cómo me pongo, pa qué me invitan!”. Tiene razón. Si ya saben cómo se ponen, pa qué invitan a dos artistas contemporáneas a hablar (de la) mierda en un museo público.

 

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