Pacheco entró por Buenaventura

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Los años 60 y 70 sirvieron como catalizadores de muchas tendencias culturales. El cimbronazo de los Beatles y su impacto potenciado por la popularización de la televisión en el mundo permitieron que las movedizas corrientes subterráneas socavaran las sociedades por medio de la insurrección musical que reflejaban cuatro “mechudos” innovadores y frescos. La rebeldía dio paso a fenómenos sociales como la confirmación de los derechos civiles de ciudadanos tratados como de segunda categoría. Negros, mujeres y latinos irrumpieron en la escena con fuerza y mucha, pero mucha, música. Jimmy Hendrix, James Brown y Aretha Franklin deslumbraban en la capital del mundo a muchos latinoamericanos que eran meseros o ayudaban a administrar locales nocturnos donde estos virtuosos intérpretes con sus canciones los hacían añorar a sus ancestros y contagiarse con su propia emancipación en la tierra de la libertad. Fue allí cuando surgió el alarido de los güiros, congas, timbales y trompetas que pedían arrebatadamente un espacio en la tierra.

Jerry, Ralph, y Johnny, luego de muchas evasivas, lograron que el 26 de agosto de 1971 el club nocturno “Cheetah” les dejarán presentar al mundo la visión musical que tenían Massucci, Mercado y Pacheco. Esa noche Nueva York evidenció la voz de Cheo Feliciano con “Anacaona”, “Ahora Vengo Yo” de Richie Ray, mientras un tembloroso y flaco con una partitura en su mano hacía los coros. Su nombre, Héctor Lavoe. Con un marco de 4.000 personas los críticos de la música quedaron notificados del nacimiento de La Fania All Stars. El nombre de la presentación y de la filmación de su primera película no pudo ser mejor: “Nuestra Cosa Latina”. Este disco se convirtió en uno de los más vendidos. Emerger con una mixtura de sabores caribeños, antillanos y africanos hizo que bautizaran este grito con el apelativo de salsa.

Después de ese día existía un sello que antes habían labrado el bolero, la guaracha, el chachachá, la rumba y el son cubano. Este grupo de estrellas comenzó a llenar el Yankee Stadium, San Juan Puerto Rico y Zaire 74, evento que le sirvió a La Fania para presentarse en Kinshasa, en la previa al famoso combate de boxeo entre Ali y Foreman, hasta donde había llegado el ancestral tambor africano. 80.000 habitantes de esa capital movieron el esqueleto con el “soneo” de “Mi Gente” de un más desenvuelto y versátil Lavoe y la incomparable Celia Cruz que puso a “tirar paso” con Quimbara. Todo bajo la dirección de un afro canoso quien cada vez que se armaba el rumbón oía una orden: “Pacheco saca la flauta que la gente empezó a bailar”.

A Colombia llegó por Buenaventura. Los marinos mercantes traían los acetatos que se acababan en un suspiro entre los negros de la Isla Cascajal y el continente, quienes esas mismas noches ponían a moler los equipos de sonido al ritmo que hizo renacer allí una cultura salsera especial. La forma de bailar o de hablar de salsa en “el bello puerto de mar” no tiene comparación. Una noche de salsa en esta ciudad es inolvidable. Los cuerpos de los “porteños” se mueven a otro compás. Su cadencia gira armónicamente entre cada nota que pareciera flotar mientras cada pareja frota su sabor en una belleza rítmica nunca vista en otra parte. No pertenecen a este mundo. Hoy, cuando La Fania canta, tranquilo Pacheco, que en Buenaventura hasta las piedras saltarán a la pista.

@pedroviverost

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