Por: Alberto Donadio

Padre nuestro

BILL CLINTON, ANTE LA FUNdación Nacional Italoamericana, recordó alguna vez la antigua anécdota sobre los italianos que emigraban a los Estados Unidos: creían que las calles estaban pavimentadas de oro y no sabían que no solamente eso no era cierto, sino que ni siquiera estaban pavimentadas y que serían los italianos desarrapados los destinados a hacerlo.

Algo parecido le sucedió a papá cuando se embarcó para América en 1938 en la ingenuidad de sus 16 años. Creía que lo esperaban los rascacielos de Nueva York. En cambio, desembarcó en Puerto Colombia y se encontró con ranchos de paja camino a Cúcuta y luego a Gramalote, donde aprendió a comprar café y vender zarazas en el almacén de sus tíos Cayetano y Miguel Morelli. Después lo enviaron a otro pueblo de Norte de Santander, Bucarasica, tan remoto y escondido que la guerrilla, decenios más tarde, se demoró mucho en descubrirlo y tomárselo.

Fausto Donadio Morelli está cumpliendo 90 años, de los cuales ha pasado la friolera de 73 en Colombia. Llegó cuando López Pumarejo estaba terminando el gobierno de la Revolución en Marcha. Por esa veteranía adquirió el título, que nadie le discute, de ser el italiano que más tiempo ha vivido en Colombia. Dos recetas nos ha enseñado a sus hijos, la de la salsa de tomate para la pasta, que reedita periódicamente en su casa, y la otra, más importante aún, la de querer por igual a Italia y a Colombia, aunque a veces con predilección por Colombia, y sobre todo por los lugares donde ha vivido, Cúcuta, Gramalote, Bucarasica y Medellín, donde reside hace medio siglo. Casi que sobra decir que papá vino a Colombia a trabajar —fue comerciante por necesidad, y es carpintero por devoción—, ya que prácticamente todos los italianos que emigraban iban a hacer la América, incluso los que se marcharon a Australia.

Mal contados, papá ha hecho unos cuarenta viajes a Italia, muchos a su pueblo natal, Morano Calabro, en el talón calabrés de la bota italiana. En él se cumplió el dicho: el emigrante es un extranjero en dos países. No es de extrañar que le heredáramos ese vicio nómada. Mark Twain decía que los viajes son letales para el prejuicio, el fanatismo y la estrechez de miras. O como enseñaba San Agustín: el mundo es un libro y los que no viajan solamente leen una página. Papá, no sabemos cómo agradecerle el mal ejemplo. Ni el trato igualitario, adelantado a su tiempo, que le dio a sus cuatro hijas y a sus cuatro hijos, en una época en que todavía se creía que el matrimonio, no la universidad, era la única opción para las mujeres.

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