Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Pagar con el servicio

En una foto de Jesús Abad Colorado, tomada en septiembre de 1995...

En una foto de Jesús Abad Colorado tomada en septiembre de 1995 aparece el soldado regular Miguel Arturo Valencia llorando, en Apartadó, con los ojos cerrados, los dientes apretados, una mano en la frente y vestido de uniforme. El párrafo que acompaña la imagen cuenta que las milicias Bolivarianas de las Farc “no le perdonaron que se hubiera ido para el ejército para obtener la libreta militar” y que en retaliación asesinaron a su hermana, Sandra Valencia, de 13 años. También dice el texto que tras conocer las amenazas, el soldado intentó, sin ningún éxito, pedir ayuda a sus superiores.

El soldado Valencia estaba en el peor de los mundos. Las Farc y el ejército sospechaban de él. Este último lo forzaba a hacer parte de sus filas debido al servicio militar. Para mediados de los noventa la preparación brindada a los soldados “rasos” era además muy deficiente. Según lo sugiere el análisis del profesor Saúl Rodríguez Hernández en su texto "¡Aquí comienza la excelencia! Apuntes sobre conscripción y democracia en la Colombia contemporánea", se temía que al entregarles conocimientos militares, luego de su licenciamiento y por “su mismo origen popular”, estos fueran a parar en poder del enemigo.

Esto cambió con el Plan Colombia. Negociado por Pastrana y administrado por Uribe, significó un crecimiento considerable del presupuesto del ejército y con ello más soldados profesionales, mejor armamento y preparación. Dos cosas no cambiaron, sin embargo. Por la vía del servicio militar obligatorio se siguió “reclutando” a los hombres jóvenes pobres y se siguió, también, desconfiando de ellos.

La ley 48 de 1993 afirma que “todos los colombianos están obligados a tomar las armas cuando las necesidades públicas lo exijan”. Existen tres tipos de soldados en el servicio obligatorio: los campesinos, que son los reclutados en “zona rural”; los regulares, que no consiguieron terminar el colegio, y los bachilleres, que terminaron el colegio pero no tienen con qué pagar la tarjeta militar. Las familias que puedan conseguir la plata suelen pagar una suerte de soborno costoso pero normalizado, cotidiano, rutinario. Alguien recibe la suma y se imprime el papelito, se firma, se le pone sello. Los demás tienen que “pagar la tarjeta con el servicio”. De tarjeta en tarjeta se construye Estado.

Una vez adentro de cualquier batallón se les inculca disciplina. Aunque no hay igualdad ni siquiera dentro del servicio militar. Una clase superior conformada por los bachilleres de clases medias no está expuesta a los tratos y experiencias en el terreno que reciben los soldados regulares y campesinos. Varios testimonios de oficiales para defender la importancia de este tipo de soldados, recopilados por Rodríguez Hernández, coinciden en que durante este periodo se trata de convertir a muchachos “populares” en “hombres de bien”. Se les recuerda que son potenciales vagos, alcohólicos, drogadictos y criminales. Se les enseña que deben cambiar.

El presidente Santos prometió, afanado y en los últimos días de la campaña, acabar con el servicio militar obligatorio. Con el tiempo a la promesa se le pusieron condiciones. El ministro Pinzón dice que es un plan a larguísimo plazo. Se ha aclarado que se le pondrá fin cuando se firme la paz con las Farc. O cuando se acabe la guerra. Algún suspicaz precisó que mejor cuando se acaben para siempre todas las bandas criminales. Al final de cuentas, el Presidente no estaba cuestionando la institución, una de las más injustas de la historia reciente. Al parecer sólo estaba diciendo que los dejará de usar cuando ya no los necesite. O que aún en “la paz” los seguirá necesitando.

 

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