Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

País de asesinos

¡Tantas atrocidades! Tantas. Picasso, digamos, fue capaz de representar una de ellas en un cuadro de 1937, sobre el terror que cayó del cielo y dejó toros y caballos y hombres y mujeres muertos, destrozados, ahí, en Guernica. Y en Trenes rigurosamente vigilados, una novela breve de Bohumil Hrabal, puede uno ver, como símbolo de nuevas canalladas, vacas y cerdos y caballos sin ojos, despellejados, que parecen una dolorosa metáfora de esos trenes de la muerte, con hombres y mujeres y niños hacia los campos de trabajo y de exterminio.

¡Tantas atrocidades! Tantas. Como las que ha habido (y, seguro —¡qué tristeza!, ¡qué impotencia!— seguirá habiendo) en Colombia. El llanto, el desespero, la desolación sin límites del niño al que le acaban de matar a su madre, en Tierralta, Córdoba, donde han despojado de tierras a decenas de campesinos, donde los que se han atrevido a los reclamos han perecido a bala, en un país donde no faltan los asesinos ni aquellos que se desgañitan al grito de “¡plomo es lo que hay!” y otras caricias de esa dimensión.

Ese niño infeliz, al que no sé quien grabó tras el asesinato de su mamá de parte de dos sicarios, es una muestra más de la iniquidad, de una tradición secular en un país de inequidades (y, claro, de miles de eventos inicuos), en el que se mata a los sin tierra, a los que pretenden recuperar lo que les han robado, a los que oran (en el sentido de impetrar justicia) porque les devuelvan lo que les han arrebatado.

Ese desventurado niño, hijo de una recicladora a quienes bandas de asesinos la habían amenazado con panfletos de terror, es un distintivo más de una violencia ilimitada, que viene de atrás y se refina, evoluciona, refunda con la malquerencia a los que se levantan contra un sistema de despojos y ultrajes a granel. Es como El Grito de Munch, pero peor. Más doloroso. Más triste. Más desgarrador.  

Ese niño desvalido, pateando latas, sin saber qué hacer ante el cadáver de su mamá, es una deprimente imagen del dolor causado por los desalmados, por los incivilizados que resuelven los conflictos a punta de bala. Es la evidencia dolorosa del salvajismo que se ha impuesto a sangre y fuego en Colombia. Ese niño, desdichado, en medio de una circunstancia de crueldad, representa a todos los niños, y a las viudas, y a los huérfanos, y a los que se han quedado en el camino sin nada, solo con su miedo y su amargo sabor a derrota.

Y, como si fuera poca la tragedia, el alcalde de Tierralta, Córdoba, salió a decir que la señora asesinada, María del Pilar Hurtado, no era una líder social, en una maniobra vulgar para “suavizar” la atrocidad. Y el Mindefensa, sin que mediara investigación alguna, desbarró acerca de los autores, en una atribución temeraria que, al parecer, pretendía introducir confusión en torno a los responsables. Se dice que en esa población nadie asesina si no es con la venia de las autodefensas.

El desgarrador llanto de aquel niño, que era como el de todos los niños de un país enfermo, creo que se irradió por la memoria y lloró otra vez a Yolanda Izquierdo, una líder de desplazados de Córdoba, que testificó contra cabecillas de las autodefensas, que clamó y reclamó contra los verdugos y pretendía recuperar las tierras usurpadas por el paramilitarismo. Y lloró otra vez a Ana Fabricia Córdoba, una señora procedente de Urabá, donde le habían matado a su esposo y a nueve familiares más, asesinada en Medellín por liderar movimientos de despojados y otras víctimas del conflicto.

Son tantas las atrocidades. Tantas. Que no alcanza el dolor. Ni las lágrimas. Ni la memoria. Quién recordará, ante un catálogo de incontables desafueros, por ejemplo las masacres de Punta Coquitos, Honduras, La Negra, La Chinita, Mejor Esquina, El Aro, Mapiripán… Y a las víctimas de los “falsos positivos” o espeluznantes crímenes de Estado. La innumerabilidad de asesinatos ha hecho que hayamos caído en la naturalización de la atrocidad, que puede ser aún peor. Horror de horrores.

El intenso dolor de aquel niño, sus lágrimas y desconcierto, nos conmueve y nos disminuye. Esa orfandad, esa soledad infinita, aquella impotencia ante la muerte y ante los asesinos, nos debe convocar a resistir frente a tanta barbarie. Quizá no sean suficientes las pinturas, las narraciones, las reflexiones, las interpretaciones, pero hay que hacerlas. ¿De dónde procede la atrocidad?

La caucana María del Pilar Hurtado Montaño dejó cuatro hijos. Uno de ellos, que la acompañaba al momento del crimen, nos dejó el corazón hecho pedazos. Ay, país, pobre país de asesinos.

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