Notas de buhardilla

País sin piloto

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Además de Álvaro Uribe Vélez, quien sale más perjudicado con la detención del expresidente es Iván Duque, por no entender el momento histórico y político que se presentó con este suceso judicial.

Ya es lugar común decir que Duque es tan irrespetuoso de la justicia como desconocedor de sus temas, pero no por eso hay que dejar de recordarlo. Sus declaraciones, antes y después de la medida de aseguramiento, son impresentables, provocadoras y atrevidas. Un mandatario que tenga conciencia de sus responsabilidades y de cómo será recordado en la posteridad no se atrevería a la imperdonable grosería de cruzar el umbral del ataque a la Corte Suprema de Justicia, como lo hizo Duque. Por eso no es extraño que la primera reacción encendida de algunos correligionarios del expresidente haya sido la de organizar marchas y plantones, pues se sienten alentados por el rechazo implícito que la Casa de Nari lanzó contra esa decisión.

Duque sigue obrando como si fuera mandatario del uribismo y no de los colombianos. Su obsecuencia no le permitió comprender que con esta situación habría podido salir del extremismo en el que su jefe lo situó y hacer un llamado a la unidad nacional, convocando a otras fuerzas políticas que le aseguren la maltrecha gobernabilidad. En vez de mirar hacia el horizonte amplio y pluralista de la nación, Duque, ratificando su condición subalterna, se dejó meter en la camisa de fuerza de un expediente contra Uribe que no solo no conoce, sino que tampoco está dispuesto a entender, porque él es confeso creyente de la Virgen de Chiquinquirá, pero primero de su presidente eterno.

Recoger el argumento de que mientras Santrich y los miembros de la FARC están libres Uribe estará preso para responder ante la justicia no es un planteamiento serio ni inteligente, sino una invocación leguleya tan emotiva como la de que tampoco puede ir a prisión quien tanto bien le hizo al país. El juicio en la Corte no fue para evaluar sus aciertos y desaciertos como gobernante, porque para eso están los historiadores, sino para investigar si con sus actuaciones posteriores a sus presidencias incurrió o no en varios ilícitos. Eso, así de claro y de fácil, todavía no lo han visto en el Gobierno.

La propuesta acalorada y lacrimosa de convocar una constituyente para reformar la justicia, montada sobre el voluminoso expediente penal contra Uribe, además de su odioso talante bonapartista, es un camino peligroso e incierto para las instituciones. La reforma a la justicia tiene que enfrentarse no para aliviar los problemas judiciales de nadie, por importante que sea, sino para permitirles el acceso a los ciudadanos comunes y corrientes, en condiciones de eficiencia, eficacia, transparencia y celeridad. Lo que se intente contra la justicia a manera de retaliación es aproximar todavía más el país al abismo.

Las descalificaciones a la decisión de la Corte de no permitirle a Uribe afrontar el juicio en libertad, porque puede obstruir la justicia, confirman la ligereza con la que Duque y los partidarios del exmandatario proceden, incluidos el Consejo Gremial y varios dirigentes empresariales. Es irresponsable, por decir lo menos, este cuestionamiento, no solo por hacerlo sin haber estudiado la providencia de marras, sino sin apoyarse en una sola prueba y desconociendo las muchas que sí pesaron para que tan trascendental decisión se tomara por unanimidad de todos los magistrados.

No será la primera vez que un expresidente se enreda judicialmente, y no será tampoco la última. Ya estuvieron en el banquillo José María Obando, Tomás Cipriano de Mosquera y Gustavo Rojas Pinilla; también lo estuvo antes de ser presidente Laureano Gómez, por una denuncia penal por calumnia que le formulara Alberto Lleras, lo que entre otras cosas motivó que se expidiera una ley prohibiendo la prisión en estos delitos. Los hombres y mujeres de esos tiempos también tempestuosos supieron soportar esos terremotos judiciales y políticos, pero salieron adelante sin disolver a Colombia. Ese es el reto, lo demás es dialogar a gritos.

Duque está tan preso como Uribe, pero de algo peor: su fanatismo, ignorancia y falta de carácter. Su mala decisión de hoy de convertirse en desafortunado abogado de su jefe le pesará no solo a él, sino al país entero.

Adenda. Fantástica la biografía de Churchill de Andrew Roberts. Son 1.302 páginas agradables de un recorrido fascinante por el tiempo y la vida de ese personaje maravilloso.

notasdebuhardilla@hotmail.com

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