Por: Alberto López de Mesa

País suicida

Para el asunto que trataré prescindí, a propósito, de las teorías psicológicas y me apoyo en las observaciones y deducciones a las que, como dramaturgo, he llegado al crear personajes suicidas.

Sabemos de algunas especies animales que recurren al suicidio ante adversidades extremas como los alacranes, pero en los seres humanos nunca es instintivo el suicidio, en cambio, el proceso por el cual un individuo se atreve a desobedecer el instinto de conservación para quitarse la vida resulta en su conciencia por distintas motivaciones: neurológicas, psíquicas, filosóficas, culturales y a veces ideológicas. La depresión es la patología causal de muchos suicidios, también son frecuentes los suicidios como recurso liberador para personas víctimas de abusos sexuales, esclavitud o tortura, el suicidio dignificante cuando libera de una enfermedad terminal o de una condición ignominiosa, el suicidio de honor como el harakiri japonés, próximo en lo filosófico a los que se inmolan por una fe, por una ideología, por una causa política, como los kamikaze, los mártires del patriotismo, los fundamentalistas islámicos entre otros que entregan su vida en ataques militares o terroristas.

El caso de Jorge Enrique Pizano, quien fuera el controller de la concecionaria Ruta del Sol, hallado muerto en su casa de finca en Subachoque por ingerir agua con cianuro, puede que corresponda al tipo de suicidio inducido, del cual la historia mundial reseña con frecuencia, entre las grandes esferas del poder, donde se mueven negociados multimillonarios y los testigos imprudentes de actos ilícitos en los que esté involucrado algún poderoso, aparecen extraña pero oportunamente muertos.

Pizano nunca dio muestras de ser una persona depresiva, cambió su temperamento sereno y seguro cuando descubrió las irregularidades de Odebrecht y peor cuando en conversación telefónica con su amigo el abogado Humberto Martínez Neira, antes de ser el Fiscal General de la Nación, le dijo: “Por allá, en Corficolombiana, están berracos desde que usted prendió las alarmas…”. Sin duda, el ex-controller fue presionado a suicidarse, seguramente con amenazas mortales sobre su familia, lo que no estaba en los planes era que su hijo, trágicamente, bebiera de la botella con la solución cianurosa.

Días después, también se suicida con cianuro el ex-secretario de transparencia Rafael Marchán, otro testigo clave del caso en cuestión. Vendrán más suicidio inducidos, funcionan mejor para la impunidad que los asesinatos.

En el ataque terrorista que el 17 de enero cumplió el ELN contra La Escuela de Policías General Santander, el conductor del carro bomba José Aldemar Rojas, explosivista con 17 años de experiencia, se inmoló al explotar 80 kilogramos de pentolita, lo que dejó el execrable saldo de 21 muertos y 68 heridos. Si la carga explosiva no fue detonada con un control remoto externo a la Escuela, la actuación de José Aldemar corresponde al tipo suicida de conciencia o kamikaze, motivado por un odio profundo contra la institución atacada, como los pilotos talibanes que atacaron y destruyeron con aviones de pasajeros las Torres Gemelas de New York.

En los tiempos de las guerras de Pablo Escobar, los muchachos sicarios recibían un adelanto de la paga que dejaban a sus madres, a modo de indemnización, y así procedían decididos a la muerte. Ese no fue el caso del explosivista del ELN que, en su ley, mató y se suicidó convencido de su causa.

En el comunicado con el que el Ejército de Liberación Nacional reconoce la autoría del acto terrorista, lo justifican como una realización en legítima defensa por los ataques que recibieron del Ejército Nacional en este tiempo de supuesta tregua y en los que murieron tres comandantes líderes de la organización y también campesinos inocentes ajenos a la guerra.

Pero la verdad esta reacción representa el suicidio político del ELN, demuestra su marginalidad o, peor, su incapacidad de interpretar el momento histórico, de entender la real lectura que la sociedad civil hace de sus acciones guerrilleras. Por cierto, el oficialismo gobernante, la derecha en pleno, está de júbilo, ya tienen todos los argumentos para descalificar protestas sociales y cualquier oposición que demuestre algún tinte izquierdista.

Por su parte, los voceros negociadores del ELN en Cuba, ahora están en serios aprietos para volver al país. La acción terrorista aprovechada mediáticamente puso en dificultades diplomáticas al gobierno Cubano garante del ya deshecho proceso de paz con los Elenos. Pablo Beltrán y las otras y otros negociadores tendrán que volver clandestinamente al país y, ojalá, que ni se les ocurra refugiarse en Venezuela ni que Maduro lo permita, porque sería dar papaya para justificar la anhelada afrenta contra el régimen bolivariano, con presencia de bases norteamericana en la frontera.

En la manifestación contra el terrorismo que organizó el uribismo el domingo 20 de enero se vivió el frenesí de un país suicida. Parecían festejar la hechura trizas de los acuerdos de la Habana y el retorno a la guerra. La oposición turbada o desconcertada ante el imprevisto histórico se propuso en la manifestación salir a cotejar el sistemático asesinato de asientos de líderes sociales con las muertes de los policías en el ataque terrorista, por supuesto, las gentes con el ánimo indignado y el odio abonado por los líderes del Centro Democrático con eco en los medios de comunicación reaccionaron acusando a todo el que les pareciera de izquierda como cómplices del atentado. Se evidenció la polarización avisada pero que ya no será el talante de las próximas elecciones.

Se vienen tiempos de horror. La mayoría de los colombianos no han logrado o no le han permitido asimilar el valor humanista de la Paz, como guiados por una conciencia colectiva proclive al suicidio se acoge el discurso bélico de la ya probada Seguridad Democrática y su lógica de la “guerra contra el terror”.

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