Por: Valentina Coccia

Paisajes inadvertidos

Cuando estudiaba historia en la Universidad de los Andes me asombró aprender que las ciudades son una acumulación de tiempo. En la ciudad de Bogotá, mi ciudad, en la que vivo y en la que nací, el tiempo se acumula de una manera extraña. Hay vestigios de los años 50 junto a modernos edificios de oficinas. Las casas antiguas le abren pequeños nichos a tiendas de barrio, a panaderías de poca monta o a misceláneas y fotocopiadoras. En las calles del centro histórico se conservan estructuras coloniales como también edificios que fueron levantados en plena década de los 70. Vemos la sombra de una ciudad que intenta modernizarse, pero que a su vez, conserva una nostalgia irrefrenable por un pasado que no ha sabido resignificar. Es como si Bogotá fuera la Meca en la que se reúnen distintos tiempos de la historia, pero dicho encuentro no está mediado por la armonía: es como si el presente desgastara la ciudad en lugar de embellecerla.

Así como la Bogotá urbana es un cúmulo de fragmentos de tiempo, la Bogotá “humana” es también una colcha de retazos que nos ha costado tejer. El libro Paisajes inadvertidos, reciente publicación del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, pone en evidencia que la mirada que extendemos sobre la realidad bogotana es a veces sesgada y muy generalizada. De hecho, la publicación nos muestra una Bogotá consumada por el conflicto armado: desde nuestro prejuicio Bogotá está muy lejos de los campos de batalla y solo se ha relacionado con la guerra por medio de uno que otro atentado de importancia.

Paisajes inadvertidos habla a favor de esa realidad oculta que habita en los parajes de esta ciudad. Conmovedora es la historia de Leopoldo, que pierde a dos de sus hijos en la intervención de la guerrilla en el páramo de Sumapaz. La historia del secuestro de Luis y la lucha constante de una familia por no desmoronarse tras esta experiencia es una muestra de resiliencia y un ejemplo de paz. La desaparición de Nydia Erika, militante del M19, y el ejemplo de activismo político de sus familiares tras su muerte es la prueba de que entre todos se puede llegar a resanar la justicia. La búsqueda constante de la sombra de Norma, desaparecida tras la toma del Palacio de Justicia, es una llaga que aún arde en los corazones de sus familiares. Todas estas historias ocurrieron en Bogotá: son los rincones ocultos de una ciudad que pensamos que nunca vio los horrores de la guerra.

La memoria que intentamos construir hace una gran apuesta por rescatar las historias de guerra de la ciudad de Bogotá, y por rescatar también las imágenes de la ciudad que nos narran estas historias. Bogotá, como todas las ciudades, está llena de marcas y también, como todas las ciudades, está llena de historias que sucumben en el olvido. El Centro de Memoria, Paz y Reconciliación salva estos relatos de las profundidades e intenta imprimirlos en nuestra identidad. Ojalá que dicha marca nos cale de forma tan profunda que el presente pueda tejer con esmero los retazos de esta colcha y hacer de Bogotá un único manto que nos cubra a todos de consciencia y empatía social. Ojalá que la memoria del conflicto armado en Bogotá sea tan nuestra que nuestra ciudad pueda sanar la relación con ese pasado que en lo urbano aún no se ha podido resignificar. Ojalá que todas las vidas estén tan presentes que esos paisajes inadvertidos comiencen a brillar ante nuestros ojos. Feliz fin de semana, queridos lectores.

@valentinacocci4, [email protected]

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