Por: Diana Castro Benetti

Paisajes mentales

Los pensamientos circulan rápido, inconscientes y en desorden por un espacio que consideramos de uso exclusivo.

Pensamientos que, amarrados unos con otros, fundan la idea de lo que hemos sido, amplifican la realidad que creemos vivir y revelan los caprichos de sus antojos. Todos los pensamientos juntos van creando sus propios lugares de diversión para hacernos creer que son la vida misma.

La mente construye paisajes y los transitamos por horas y horas. Paisajes de memorias resistentes a morir. Paisajes donde se inventa una vida paralela, se reciclan recuerdos, se vive lo que nunca pasó y se define el sentido de vida. Todo paisaje mental es una ruta transitada en inconsciencia. Vías que sellan las leyendas del día.

De estos paisajes mentales recordamos los sonidos de un momento extático o los olores de los panes frescos en una esquina con flores. Marañas de pensamientos que vienen siendo el motor de las revoluciones vestidos de fugacidad y henchidos de pretensiones heroicas. Recreamos amaneceres, navegamos mares, caminamos montañas, acariciamos pieles, imaginamos encuentros, peleamos justicias y más. Pensamos aquella mirada.

Todo pensamiento es un momento inconsciente de la vigilia que concreta el destino. Un destino de odios, ausencias y despedidas; de placeres y otros desahogos. Espacios tan reales que, al fin y al cabo, arrancan el dolor que se ancla en la piel. Paisajes que le dan escritura al cuerpo. Lo entumecen o lo liberan.

Vivimos de estas formas que instalan las arrugas y las enfermedades y que son pensamientos colectivos alimentados por las historias de las historias. Paisajes que son repeticiones de otras vidas y de vidas de otros. Paisajes mentales hechos al minuto o instalados por el chillido del más fuerte. Vaya vida ésa que es el negocio entre paisajes poéticos propios e ideas que otros van vendiendo a plazos. Somos eso que pensamos y eso que pensamos que buscamos. Horizontes y ficciones. Simples creadores de paisajes mentales.

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