Por: Columnista invitado

Pájaros de verano

Por: Alberto López de Mesa

En 1970 yo era un niño cuando empezó a notarse en Santa Marta el auge del negocio de la marihuana. En mi casa, los mayores comentaban, con una mezcla de indignación y preocupación, la presencia en la ciudad de guajiros, advenedizos, que irrumpían en los barrios prestigiosos construyendo mansiones ostentosas, con sus carros costosos, sus ropas extravagantes y sus costumbres ruidosas. Yo mismo presencié a estos nuevos personajes que lucían con descaro el revólver en la pretina, se tomaban la cuadra frente a su casa para sus parrandas desproporcionadas y en las euforias hacían disparos al aire. Fue evidente la prosperidad de la ciudad, en el Rodadero se construyeron hoteles y edificios de apartamentos, muchos empleados del puerto se hicieron partícipes del negocio del momento y los sanandresitos y los almacenes y las floristerías y las tiendas y las licoreras y los bares y también las funerarias resultaron favorecidas por la bonanza marimbera.

Presencié personajes y sucesos de este tiempo con ojos de niño, asimilé la opinión entre escandalizada y admirada de los mayores de la casa y del barrio, todo esas imágenes volvieron a mi mente con la película Los Pájaros de Verano dirigida por dos rapsodas del cine: Cristina Gallego y Ciro Guerra que con su lente y su sensibilidad social son capaces de encontrarle la poesía a una historia escrita al margen y logran una epopeya, con héroes nuestros pero sublimes como hoplitas de leyenda.

Con una narración impecable, en cinco cantos, recrea la aparición de la Bonanza Marimbera en una familia guayú: Rapayet Abuchaibe (interpretado magistralmente por José Acosta) se enamora de la hermosa Zaida (Natalia Reyes) hija de la matrona Úrsula Pasahina quien le exige una dote exagerada para el matrimonio, de reses chivos y collares, el joven Rapayet que para

entonces ya negociaba con café y wiskey de contrabando se entera que unos gringos de los Cuerpos de Paz están interesados en comprar grandes cantidades de marihuana, ve allí la oportunidad de lograr el dinero para adquirir la dote que se le exige por su amada y, como en los grandes mitos, los pájaros de verano avisan que está retando misterios del porvenir empieza allí la ruta negra del destino inexorable.

La interpretación que hace Carmiña Martinez de Úrsula Pasahina nos recuerda la presencia y la potencia de Irene Papas haciendo personajes de la Grecia clásica. Y en realidad toda la película tiene un tono mítico que rompe con los arquetipos del cine colombiano de capos y mafiosos, aquí se subraya el papel de la mujer en las guerras del narcotráfico. Homenaje también a la cultura wayú, a los colores del cielo y la naturaleza Guajira, pero nó como paisajismo sino como complemento espacial de la poética, como paisaje si, pero que enmarca un drama humano descarnado, catártico.

La escena donde un abogado a come mierda de perro por dinero es espeluznante. Ni siquiera en la película SALO que hizo el italiano Passolini en los 70, se logra tal nivel de ignominia y repugnancia.

Muchas cosas me llenaron de orgullo presenciando “Los Pájaros de Verano”, la narración diáfana y contundente, las actuaciones, la producción extraordinaria, la escenas de la fila de burros bajando de la Sierra cargados de marihuana y de la destrucción a balazos del palacete en medio del desierto, demuestran el rigor histórico y estético de la producción.

Me alegró enterarme por la honradez de lo créditos que la fábula, el argumento general se le ocurrió a Cristina Gallego, que otras películas fungía de productora y aquí se echa al hombro, desde la codirección, la poética del relato cuyo guión lo escriben Jacqes Taulemond y María Camila Arias.

Pájaros de veranos es una película orgullo del cine colombiano.

 

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