Por: Sergio Ocampo Madrid

“Pajazo mental”

Yo no sé si en Colombia hablamos el mejor español del mundo, como hemos acostumbrado a creer y a asumirlo en nuestro currículo de orgullos inútiles. Tampoco sabría de qué sirve eso, en caso de que fuera verdad. Así me lo hizo ver un amigo andaluz, en Londres, una tarde en la que hablábamos de América Latina, y me dejó callado con una sola pregunta minúscula y demoledora, después de que yo sacara pecho por este castellano nuestro: ¿Y?

De lo que sí estoy seguro, y hasta me siento ufano, es de que en esta lengua que hablamos aquí hemos conseguido unos vocablos y unas expresiones de una impresionante lucidez semántica, de una contundencia en la simbolización, que alguien que no los conozca los puede entender a cabalidad. Inclusive, definir uno de estos colombianismos no es fácil pues su comprensión no se deja abarcar del todo por un significado.

Así, una “malparidez cósmica” es mucho, pero mucho más que una rabia mezclada con melancolía; una crisis neurótica acompañada de vacío existencial. Y así pasa con “ojicontento”, o con “culipronto”, o con “culifruncido”. La fuerza de las palabras arma imágenes más claras que cualquier largo párrafo.

Lo mismo sucede con “pajazo mental”, también un aporte nuestro al idioma. Por usar esta expresión al aire, hace un tiempo regañaron, también al aire, al talentoso Jorge Espinosa, en RCN radio, debido a esa pudibundez, a esa mojigatería que todavía nos doblega para terminar de aceptar que no hay palabras buenas o malas; vulgares o recatadas; cultas u ordinarias. Hay palabras precisas y ya. Precisas en su significación y en su oportunidad. Y cuyo calibre está más en la intención y en el tono que en la tradición.

Por eso me parece un enorme “pajazo mental” la encuesta publicada por Semana, Blu radio y Caracol a comienzos de octubre, en la cual el precandidato presidencial Sergio Fajardo casi dobla a Germán Vargas Lleras, y este empata con Claudia López en la intención de voto, seguidos de cerca por Gustavo Petro.

Y no es un “pajazo mental” porque ponga en tela de juicio las intenciones o el rigor científico de Invamer SAS, que elaboró la estadística. Es que el sentido común, la costumbre histórica, el conocimiento del tejemaneje político, indican como absolutamente improbable que un hombre o una mujer lleguen a la Presidencia sin ninguna ligazón con el poder tradicional, sin respaldos de grandísimos corruptos o medianos y hasta pequeños corruptos; sin maquinaria. Esta última hace referencia a ese horrendo aparato, millonario e inescrupuloso, de la política en cada región que consigue comprar votos por decenas de miles, movilizar poblaciones enteras en buses y mantener chantajeados a otros cientos de miles con empleos en la burocracia.

Hace siete años fuimos presa de un tremendo “pajazo mental” cuando faltaban cuatro meses para los comicios y Antanas Mockus encabezaba los sondeos por encima de Juan Manuel Santos, el candidato del entonces presidente Uribe. Y en la encuesta final, o sea en la de las urnas, la paliza de Santos a Mockus fue monumental: nueve millones contra tres en segunda vuelta. Y en la primera, algo parecido.

Es cierto que Mockus se encargó de hacer, lenta y progresivamente, una campaña catastrófica que le fue restando y restando. Así, habló de extraditar a Uribe si se lo ordenaba la Corte, con lo cual se peleó con un presidente que salía del poder con unos índices altísimos de popularidad, pero sobre todo demostró que no tenía idea sobre este y otros asuntos de Estado; luego habló bien de Chávez, el Chávez que prohijaba a las Farc y había enviado diez batallones a la frontera; más tarde dijo que era ateo pero que no lo era, y después que los médicos debían ganar un millón de pesos.

Pero aun ese increíble desastre proselitista y comunicacional no consigue explicar de modo razonable cómo Santos lo triplicó, más allá de que fue un “pajazo mental” creer que Antanas Mockus podía ser presidente.

Ahora, esta encuesta parece querer hacernos otra vez una broma muy parecida y vale la pena advertirlo. No nos digamos mentiras: aquí toda la estructura política y en particular el andamiaje electoral están organizados de un modo perverso para que nunca llegue a administrarnos un hombre o una mujer sin un partido numeroso (numeroso en curules; numeroso en cuotas y puestos; numeroso en financiamientos); un hombre o una mujer que no transen, que no desvíen la vista hacia un lado, que no prevendan o prehipotequen futuros contratos y prerrogativas; un hombre o una mujer que manifiesten asco abierto por la corrupción.

Y esto no es solo un acuerdo tácito con nuestra mala clase política; es con los empresarios, los industriales, los “cacaos” y las élites de toda la vida.

Este votico nuestro, pequeño burgués, independiente, confiado en valores y cambios estructurales, modernos y serios, está muy lejos de ser mayoritario; ni siquiera es determinante. Un gran “pajazo mental” que nos hacemos cada cuatro años los que nos creemos decentes.

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