Por: Arlene B. Tickner

Pakistán no es noticia

La escasez de "grandes" acontecimientos internacionales brinda la oportunidad para comentar sobre una 'no noticia': Pakistán.

Cuando el tsunami azotó al océano Índico en 2004 y el terremoto acabó con Haití a principios de este año, gobiernos, agencias internacionales, estrellas de cine, medios de comunicación y ONG no vacilaron en recoger y prestar asistencia humanitaria. Sin embargo, ante lo que Naciones Unidas ha calificado como el peor desastre de su historia como organización, el mundo ha sido sorprendentemente indiferente.

El costo humano y material de las inundaciones en Pakistán, que comenzaron en julio y siguen todavía, ha sido devastador, superando lo del tsunami y Haití, el terremoto de 2005 en Kashmir y el huracán Katrina juntos. A pesar de que han muerto “tan sólo” 1.700 personas, los damnificados ascienden a 21 millones, equivalentes a una octava parte de la población, 10 millones de los cuales enfrentan escasez severa de alimentos y agua. De los 7 millones de niños que se han quedado sin colegio, la mitad corre riesgo de enfermarse por problemas relacionados con la falta de agua potable. Los monzones se han llevado cerca de 8.045 kilómetros de carreteras, puentes y ferrovías, miles de escuelas y clínicas, 1,8 millones de casas, 567.000 hectáreas de cultivos —con éstos la fuente principal de empleo de los paquistaníes— y 200.000 cabezas de ganado. El costo de la reparación, que se ha calculado entre US$5.000 millones y US$7.000 millones, es gigantesco en comparación con los US$700 millones donados hasta ahora por la comunidad internacional.

De haber un vínculo directo entre la escala de las crisis humanitarias, su cubertura en los medios de comunicación y los niveles de asistencia mundial, Pakistán se llevaría todos los premios. Pero no ha sido el caso. Pueden existir varias explicaciones. Primero, para ser “noticia” una crisis debe poderse representar mediante imágenes trágicas y emotivas. Como lo ha manifestado Ban Ki-Moon, Pakistán es “un tsunami en cámara lenta”, que en contraste con otros desastres naturales que producen efectos catastróficos inmediatos, es más difícil de convertir en drama mediático. Segundo, el mundo no parece tener apetito para más de una emergencia a la vez. A medio año de la movilización masiva que se dio en torno a la crisis en Haití, existe cierta “apatía humanitaria” que se registra tanto en la escasa atención de los medios mundiales sobre Pakistán como en la lentitud con la cual distintos donantes han prestado ayuda.

Tercero, las agendas estratégicas de los países son poderosos determinantes de la acción humanitaria. En el caso de Estados Unidos las inundaciones plantean un imperativo claro: impedir que el retroceso económico se traduzca en una oportunidad política para la expansión de grupos insurgentes, entre ellos los talibanes, y el debilitamiento del gobierno civil, cuya impopularidad ascendía a 84% antes de la temporada de monzones. Pero solamente cuando el gobierno Obama planteó el problema en términos de seguridad los medios comenzaron a darle mayor cobertura.

Finalmente, me pregunto si no hay algo de “satanización” de Pakistán —representado generalmente como corrupto y simpatizante de los terroristas— que se traduce en una menor sensibilidad global ante sus víctimas. Sean cuales sean las razones, el hecho es que tristemente la tragedia de ese país no es noticia.

 

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