Por: Cartas de los lectores

Palabra muerta

Al final de su vida, Michel Foucault, mientras trabajaba en los últimos tomos de su Historia de la sexualidad, se interesó especialmente por un concepto de origen griego: parresia. Sus reflexiones respecto a este concepto se encuentran esbozadas en un libro, Discurso y verdad. En el presente artículo intentaré dar algunas indicaciones sobre lo que significa y su lugar en la vida política colombiana.

Parresia, etimológicamente, se entiende como pan, esto es, “todo”, y rema, “lo que uno dice”: parresia significa decirlo todo. Son varios los componentes y los elementos que Foucault saca a flote durante sus encuentros universitarios sobre esta palabra griega, sin embargo, quiero referirme tan solo a tres de ellos. En primer lugar, la parresia es un derecho, el derecho a poder hablar, el derecho a poder decir lo que uno piensa, especialmente ante el monarca o ante el Ágora. La parresia se ejerce ante estos sujetos importantes, porque son ellos los que necesitan escucharlo todo, escuchar las verdades que un ciudadano tiene por decirle. Ligado con esto, encontramos el segundo punto, el hecho de que la parresia dice la verdad, tiene la responsabilidad de decir la verdad. En ese orden de ideas, en términos más coloquiales, la parresia es cantarle la tabla a alguien, en particular al que tiene el poder, al que detenta el poder y necesita escuchar ciertas verdades que no son muy agradables. Por último, vinculado a este deber de verdad ante el poderoso, hay un peligro de por medio, el de ser castigado, el de ser reprimido, incluso asesinado. Esta última característica de la parresia se debe a que “implica una crítica, un juego de crítica... en la cual el que habla está en posición de inferioridad con respecto al otro”. Esto, a su vez, conlleva a que el que hace uso de la parresia tenga “el coraje de decir la verdad a pesar del peligro”, dado que “decir la verdad se inscribe en el juego de la vida y la muerte”.

Aquí, aquellos que con más ahínco se apropian de la parresia son los líderes sociales. En Colombia, el derecho a hablar se ha infringido constantemente: casi 900 personas han sido asesinadas por tener la valentía de decir la verdad, de ser críticos ante quienes “están embargados por el espíritu de la necedad o la locura”. La parresia necesita que lo que se enuncie “concuerde con nuestra vida”. Vida y palabra son una sola en el cuerpo de los líderes sociales: la palabra es el instrumento de defensa de tierras y ríos, porque en ellos está la vida, tanto presente como futura.

Está claro, al menos no existen pruebas contrarias, que aquellos que asesinan a líderes sociales son delincuentes que nada tienen que ver con el Estado. También se sabe que el asesinato selectivo de líderes sociales empezó antes del presente Gobierno, casi en paralelo con la desmovilización de las Farc-EP y la firma de los Acuerdos de Paz. Especialmente en las zonas dominadas por ese antiguo grupo armado, nuevas fuerzas ilegales han intentado controlar el territorio abandonado y establecer su actuar delictivo. Los monarcas son los delincuentes, es ante ellos que los líderes sociales, desarmados, han osado hacer uso de la palabra y denunciar sus atropellos. En Grecia, era el gobernante el que garantizaba el uso de la parresia. Aquí, el gobernante está preocupado por el presidente interino del vecino país. Aquí, el gobernante asegura que encontrará a los responsables después de que el asesinato se ha perpetrado, no antes. Aquí, el exministro de Justicia asegura que todo se debe a líos de faldas. Aquí, al que habla lo siguen matando.

David Santiago Mena Luengas.

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