Por: Yolanda Ruiz

¿Palabras correctas?

Las palabras para mí han estado siempre emparentadas con la estética. Tengo con ellas desde mis épocas de adolescencia una relación de encuentros y desencuentros, pero mantengo la sensación de que la belleza del universo existe porque puede ser nombrada. Mis ídolos son aquellos que pueden decir con palabras lo que los demás mortales intuimos, percibimos y sentimos, pero que nos cuesta nombrar. Por eso ando en estos tiempos con el corazón dividido ante una realidad que viene de la mano de una de las grandes revoluciones de la historia: en la batalla contra el machismo las palabras cobran una vida distinta y hoy se impone en muchos escenarios lo políticamente correcto, pasando por encima de lo estéticamente bien dicho o bien escrito.

Pongo el tema sobre la mesa porque el primer ministro francés pidió a sus funcionarios dejar el uso del llamado lenguaje incluyente en los documentos oficiales, salvo en aquellos casos en los que sea estrictamente necesario. Entonces en Francia no más niños y niñas, ciudadanos y ciudadanas, líderes y lideresas, todos y todas… Esa decisión me gusta y al mismo tiempo me inquieta porque comparto el criterio que alimenta la búsqueda de la inclusión en el lenguaje. Las palabras tienen poder: construyen o destruyen, imponen modelos, segregan, discriminan o enamoran, pero también creo que a veces las frases tienen vida propia y cuesta introducir ese lenguaje incluyente porque se pierde parte de la magia que traen las palabras. Los idiomas tienen ritmos, cadencias, sabores que se pueden perder del todo con una sobredosis de palabras que a veces reiteran o recargan el sentido.

La batalla contra la discriminación de género debe ser constante y hay que darla desde los mínimos detalles porque llevamos milenios acumulando atraso en la búsqueda de la equidad. Por eso es urgente desaprender las taras históricas para aprender a nombrar de otras maneras las realidades que se quieren construir. Sin embargo, como suele suceder cuando se quieren romper viejos paradigmas, el péndulo se va al otro extremo y hemos llegado a tener verdaderos adefesios estéticos en las noticias, las columnas de opinión, los documentos o el debate público. Todo en aras de una inclusión que debemos buscar, pero que también puede atentar contra la belleza de las palabras.

La decisión que adopta el primer ministro francés viene después de un pronunciamiento de la Academia Francesa de la Lengua, que había calificado como una aberración lo que se estaba haciendo con ese lenguaje en exceso recargado para mencionar lo que se puede entender con una sola palabra. No es la única que se ha pronunciado pues el debate viene de tiempo atrás y son muchos los académicos y escritores que hacen llamados a la mesura para frenar los atropellos que se cometen con las mejores intenciones.

Capítulo aparte merecen las palabras que terminan perdiendo su sentido original y se convierten en insultos o agresiones para maltratar. He hablado en otra oportunidad en este mismo espacio sobre esos términos que solo usamos cuando de mujeres se trata para hacer más evidente la discriminación y la agresión. Nos tratan de brujas, histéricas y putas. Otro tanto ocurre con las palabras que descalifican por la raza o la condición social. A esas palabras que se vuelven ofensa hay que llenarlas de nuevos sentidos porque el poder del lenguaje para generar comportamientos culturales y sociales es inmenso.

Respetarnos desde la palabra es crucial, pero no podemos dejar que por eso se pierda la belleza de un verso perfecto, de un párrafo justo. Que bailen las palabras, que griten a su antojo o nos susurren al oído, que vivan a su aire aunque a veces no sean las palabras “correctas”.

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