Por: María Elvira Bonilla

Palabras de mujeres

Antes de morir Sigmud Freud, y después de haber dedicado toda una vida a descifrar la mente humana y su relación con la emocionalidad y el comportamiento; después de haber escuchado en su diván miles y miles de entramadas historias de vida narradas con dolor, con lágrimas y angustia por mujeres; después de escucharlas pacientemente, en silencio, en su obsesión por devolverles a las palabras su fuerza sanadora, se declaró vencido.

Y con cierto desespero reconoció que no las entendía. ¡Qué diablos es que quieren las mujeres!, afirmó con desespero, rendido en su inútil búsqueda por comprender la enigmática alma femenina.

A la literatura le ha ido mejor. Y sobre todo la literatura escrita por mujeres. Y por escritoras como la canadiense Alice Munro. A través de sus magistrales cuentos, construidos en escenarios cotidianos, en el encierro doméstico de una cocina, de una habitación, del cuarto de planchar, en una estación de bus, un tren, una calle, donde ella ha pasado su existencia provinciana en Canadá.

Sus personajes son humanos y simples, gente de carne y hueso, común y corriente, como son también los temas de sus relatos: la amistad, el amor, el matrimonio, el rencor, la infidelidad, la conquista, aquellas situaciones y sentimientos triviales que definen la condición humana. Sus historias resultan de la observación de la angustia y la resignación, de la frustración y los momentos de alegría de tantos seres humanos que finalmente están destinados a caer en el olvido. “Porque la vida de cualquiera es suficientemente interesante si consigues captarla tal cual es, monótona, sencilla, increíble, insondable (…). Espero que mis relatos no resulten lúgubres, pero es que la vida casi siempre es dura”.

Las suyas son historias reales. La suya es una literatura sin vanidad. Nació de una necesidad tardía de escribir después de diez años de encierro criando dos hijas y se volcó a relatar ese día a día de pequeñas tareas, muchas de las cuales no salen a la superficie ni transcienden las puertas de las casas. Una escritora que quiso preservarse del oropel y conservar la simplicidad de la provincia, donde los afectos mandan y la vida transcurre sin grandes pretensiones. Un oficio asumido con una discreción que puso a prueba hasta para recibir la noticia del Premio Nobel de Literatura.

Munro es una narradora que, como Doris Lessing, Alejandra Pizarnik, Virginia Woolf, Alexandra Fuller, Irene Nemirosky y Beatriz Guido (una de mis preferidas), confirma que la literatura escrita por mujeres es distinta. Ellas conocen los recovecos de la mente femenina y la huella de rencores y sentimientos encontrados que toda mujer guarda. “Cuando un hombre sale de una habitación deja todo detrás, cuando una mujer lo hace lleva todo lo ocurrido en esa habitación con ella”, dice Alice Munro. Y esas impresiones, esas palabras guardadas, son las que ha transformado en los relatos de pequeñas derrotas y victorias, de desencantos e ilusiones secretas que conforman el inequívoco universo femenino. Ella se conoce y nos conoce bien y sabe usar las palabras precisas para revelar esa realidad enigmática frente a la que el gran Freud se declaró derrotado.

Motivo vacaciones esta columna no saldrá en las próximas dos semanas.

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