Por: María Elvira Bonilla

Palabras guardadas

Fue a comienzos de los años 80 cuando oí hablar por primera vez de la madre María del Consuelo, una de aquellas míticas religiosas del Marymount que sin abandonar el hábito había decidido apoyar el Ejército de Liberación Nacional de Colombia.

La conocí pocos años después en el apartamento de su hermana Milena Esguerra en Bogotá, quien había hecho de su apartamento en las Torres del Parque un punto de encuentro de estudiantes de literatura, artistas, músicos, que nos reuníamos en unas gratas tertulias alrededor de sus deliciosos platillos mexicanos. Se llamaba Leonor, le decían cariñosamente Ñoño, pero se había rebautizado cuando vistió los hábitos y se convirtió en madre superiora del Marymount. Era una mujer silenciosa que irradiaba un halo de misterio cuya vida resultaba apasionante.

Una vida de rupturas. Proveniente de una familia muy tradicional bogotana, participó como religiosa de las discusiones del Concilio Vaticano II en Roma que le dieron el vuelco total a la iglesia. Terminó en el círculo inmediato de Fabio Vásquez Castaño, el comandante del Eln, e incluso le ayudó a salir del país hacia Cuba, donde ha envejecido tranquilamente. Siguió en contacto con la guerrilla en los tiempos del cura Pérez, aunque terminó cuestionando sus prácticas. Pasó años en Nicaragua después del triunfo de la revolución sandinista, donde trabajó como guardiana en la cárcel de mujeres en Managua.

La encontré en Medellín nuevamente hace seis años. Después de una búsqueda por internet la ubiqué en el barrio Boston. A los 75 años seguía activa, mandando. Dirigía la fundación Mujeres que Crean, desde donde trabajaba por la causa feminista. Escueta y sencilla, cálida pero huidiza como siempre, una actitud común entre quienes han vivido en mundos conspirativos, riesgosos, clandestinos. Allí estaba con sus secretos insondables. Aún me perseguía la ilusión de poder escribir la historia de su vida, con ella, con sus confesiones, a través de su mirada. Terminé frustrada, pero el libro acaba de salir, editado domésticamente en Medellín.

Se llama La búsqueda. Está escrito con base en un testimonio de Leonor Esguerra, quien tiene hoy 81 años y vive tranquila con su hermana Milena en Chía. Fueron 25 años produciendo el libro junto a su amiga Inés Claux Carriquiry y confirma lo apasionante de su vida y la obligación que había de narrarla. Sin embargo, el libro tiene la falencia recurrente en los diálogos y los encuentros con esta interesantísima mujer: la falta de introyección personal. Es un relato exterior que deja un gran vacío por la ausencia de emociones. Era una historia para ser contada con la fuerza de la primera persona, sin hermetismo distante, con la potencia de un testimonio sincero y humano. Leonor Esguerra sigue tan misteriosa como el primer día, con todas sus palabras y sentimientos guardados. Bien guardados.

Adendum: ¿Lograrán los indignados de Wall Street que el sistema financiero internacional que tiene su centro allí, entienda que buena parte de la crisis del mundo tiene su origen en ellos y en su codicia desmedida?

 

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