Por: Aura Lucía Mera

Palmas y cocos

COLOMBIA SIEMPRE SE CARACTERIzó, en lo político, por ser un país gobernado por intocables. Los ungidos, léase presidentes, senadores, representantes, alcaldes, gobernadores, concejales, diputados, gamonales y curas, eran una especie de seres designados por Dios a través de sus mortales para dirigir, orientar, manejar a su santo antojo los destinos de todo lo que se les viniera en gana, sin jamás ser cuestionados, señalados y muchísimo menos destituidos y juzgados.

Estaban protegidos por una especie de halo sacrosanto. En los pueblos, cuando sus visitas eran anunciadas, salía la muchedumbre a las calles, para verlos de cerca, aplaudirlos o escucharlos embelesados, eso sí, a punta de aguardiente, bajo los balcones imperiales de la plaza rural. Discursos sonoros, amenazantes, de puño en alto y voces trémulas y guturales, amplificadas por altavoces caían como maná sobre los asistentes. La palabra era ley. El Estado eran ellos. Estaban más allá de toda controversia, acusación o rendición de cuentas.

Constituían, hasta hace poco tiempo, una especie de bosque de palmas que se erguían por encima de los demás mortales. Inalcanzables. Intocables. Incuestionables. El Congreso era el sancto sanctorum desde el cual salían leyes, ordenanzas, nombramientos y beneficios. Acueductos, carreteras, casas de la cultura, escuelas, alumbrado, hospitales y recursos salían de esa enorme mole de piedra de columnas “griegas”, como conejos de sombreros de prestidigitadores omnipotentes. Los rumores y consejos sobre corrupción, malversaciones, amarres y falsedades se intercambiaban sotto voce, porque los prohombres de la patria eran sagrados. No en vano se autollamaban “Honorables Padres de la Patria”.

El que osaba contradecir sabía de antemano que estaba condenado al ostracismo. Que su municipio o vereda serían borrados del mapa de las prebendas. Que sus recomendados chuparían asfalto mientras vivieran.

Oh Gloria Inmarcesible. Llegar a ellos, casi imposible. Pertenecer a ellos era formar parte del olimpo. La meta era, a toda costa, llegar a la unción. Más que nunca el fin justificaba los medios... La violencia política, los cortes de franela, el Frente Nacional (léase manguala conjunta y turnada), todos métodos válidos... Hasta que se rebosó la copa de mierda y ya los olores no pudieron esconderse más. Entraron en la competencia narcotraficantes, paramilitares, guerrilleros y de tú a tú, billete y votos de por medio, se fueron apoderando del pastel... Sangre y más sangre, lo de menos. La sangre siempre ha corrido por cuenta del pueblo, desde el comienzo de los comienzos. Lo importante: el botín.

De pronto han empezado a caer como cocos. De una. Haciendo ‘plaff’ contra el suelo. Ya los recintos especiales de las cárceles no dan a basto. Las curules sagradas se quedan vacías. Los militares de antaño, dueños de cuerpos y almas, palidecen en los estrados judiciales. Senadores y representantes caminan por oscuros pasillos, esposados. Asesinos en serie, dueños de la pelota, se pudren entre rejas made in USA, fosas comunes sacan los huesos al aire. El  “Obsceno pájaro de la noche” revolotea con las garras listas sobre cabezas, hasta hace poco adornadas de aureolas. La pregunta es: ¿caerán todos? ¿Lograrán evadirse a punta de lengua? ¿Cuántos cocos faltan?

Mi pregunta final, señor Presidente... si usted no pertenece a la Sagrada Cofradía de las plamas... ¿porqué se las deja arrimar tan cerca? ¿No sabía acaso que todo coco termina por caerse? ¿Cómo y cuándo se va a limpiar del todo el palmar?

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