Por: Fernando Toledo

Palo porque bogas

Colombia es un país de contradicciones y, a menudo, una decisión, aún acertada, se vuelve en contra de quien la toma.

La semana pasada, a propósito de la remodelación del teatro Colón y, en particular, de la metamorfosis que deben sufrir los espacios adyacentes al escenario, un artículo en este diario le daba palo al Ministerio de Cultura por sus determinaciones. Aunque no ha habido señas de una respuesta oficial, en mi condición de público sempiterno, desde niño, de toda suerte de espectáculos en un recinto entrañable, creo tener el derecho de pronunciarme.

La sala y sus dependencias fueron construidas hace más de un siglo, cuando las producciones teatrales eran otra cosa. Los grandes anfiteatros del mundo, con más pergaminos patrimoniales que el bello pero limitado Colón, no sólo han sido remodelados sino que han sufrido cambios orgánicos en sus entresijos para hacerlos más operantes. Cabe preguntarse: ¿qué queremos que sea nuestro coliseo? ¿Un museo para los exiguos turistas que vienen a Bogotá? O, por el contrario, ¿un escenario vivo, como siempre lo fue, y hasta un centro de producción y de expresión para el abundante talento colombiano?

La respuesta a una pregunta de ese tenor debió haber sido determinante para resolver si la sala habría de seguir viva o ser un mero testimonio del pretérito. Como espectador no tengo duda: poco me interesa una sala museo; una ciudad como esta necesita, en cambio, escenarios que engrandezcan la oferta cultural. Creo a pie juntillas que era preciso rehacer espacios internos, adecuarlos a las exigencias contemporáneas de la producción escénica, modernizar una dotación decimonónica y, aun a costa de unos cuantos arcos de mampostería, realizar las obras pertinentes para conseguir que ese foro, clave en lo que a la vigencia del centro se refiere, siga, y ojalá durante muchos años, satisfaciendo a un público nutrido, y cada vez más joven y exigente a juzgar por el aire de campus de la zona.

En la primera etapa de la restauración ya se preservaron elementos invaluables como el foyer, la forma de herradura, la decoración y aun la atmósfera de la sala. En relación con lo que el público no suele ver, dejémonos de fundamentalismos: en buena hora se siguió, con la bendición de serios consultores nacionales e internacionales en el tema, el ejemplo de salas como las de Praga, y de otras muchas del Viejo Mundo, que fueron adecuadas a las necesidades actuales sin quitarles un ápice de su belleza. De lo contrario, hubiera podido ocurrirle al Colón lo que a ciertos barrios de Bogotá: por conservar a ultranza unas fruslerías patrimoniales podría estar a punto de volverse un ámbito espectral.

 

* Fernando Toledo

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