Pandemia y masacres: acuerdo urgente

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Luego de la Guerra de los Mil Días vino el remanso. La tasa de homicidios era de 5 por 100.000 habitantes; por debajo de países europeos. Pero a diferencia del resto de Latinoamérica, que logró implantar proyectos políticos integradores, Colombia adoptó un esquema partidista bipolar muy ideologizado que fue impulsando el veneno del sectarismo. En 1930, por su división, se rompe la hegemonía conservadora. Viene un gobierno de minoría (Sólo 369.000 votos le dan el triunfo a Olaya). Aparece el fantasma de urnas y armas. En 1946 cambia de nuevo la hegemonía y el brote de sectarismo armado se explaya. No obstante, teníamos 10 homicidios por 100.000 habitantes. ¿Cómo llegamos a las cotas de 75 en los años 80? De paso, eso de utilizar el retrovisor para el conteo termina induciendo una cierta convivencia con el crimen. La estadística tapa el horror. 33 masacres en los últimos meses muestran que el asunto no es de cifras.

El Frente Nacional rindió sus frutos en cuanto a la violencia partidista. Pero allí se corrió el eje de la división sectaria. Hay dos estructuras tectónicas que siguen chocando. La necesidad de un acuerdo sobre lo fundamental encalla en la retórica porque nadie sabe cómo se cocina eso. En esta columna he propuesto un método de ingeniería inversa que podría ampliarse si la derecha (al menos alguna derecha moderada) aceptara algunos puntos mínimos: compromiso con el Acuerdo de Fin del Conflicto, reiteración del esquema constituyente del 91 y, cuando sea necesario, discusión racional no emocional, con sentido nacional, de las posibles reformas constitucionales.

Entre tanto, continúa a plena marcha la estigmatización. La idea central de incorporar a la oposición armada en cabeza de las Farc terminó reactivando las viejas estructuras bipolares. Con el agravante de que ahora hay un lenguaje descalificador de la justicia nunca visto. Ni la izquierda armada llegó a los niveles de agresividad verbal contra la justicia que hemos visto en estos días.

La idea de la segunda vuelta no eliminó el síndrome de gobiernos minoritarios. Una cosa es sumar votos para una elección y otra lograr un proyecto integrador. Por eso el presidente, ganador coyuntural, tiene que salir a seducir apoyos en el Congreso. La mermelada no es nueva. La separación del calendario electoral no ayuda, porque el triunfo presidencial se juega sobre un tablero parlamentario ya repartido. Es una configuración esquizofrénica de la gobernanza.

Dijo Carlos Castaño: “La guerra irregular solo puede ser derrotada irregularmente. Déjennos actuar como autodefensas y pospongan su frágil Estado de derecho”. Las Farc dejaron las armas, lo que significó que pasaron de la ferocidad a la oposición. Una mezcla de clases medias asustadas, miembros insensibles de las élites rentistas (no capitalistas) y una derecha extrema se han conjugado para gobernar. Pero en la trastienda de muchos colombianos quedó la idea de que las otras barbaridades, las de la antiguerrilla, fueron producto de una guerra necesaria. Para algunos, enarbolar la añeja lucha contra el comunismo es la forma de tranquilizar conciencias. Y así no se puede.

La salida del Teatro Colón sigue siendo válida: verdad, reparación y reconocimiento de todas las responsabilidades. Sin miopía selectiva. Equidad, inclusión y una economía de emergencia para la catástrofe que llega.

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