Pandemia y vientres de alquiler

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En Ucrania, una consecuencia del coronavirus ha sido la larga espera para que adoptantes de otros países recojan los bebés cedidos por madres sustitutas a cambio de remuneración.

La agencia BioTexCom ha puesto en línea imágenes conmovedoras de la situación. En una habitación hotelera adecuada como sala cuna, medio centenar de recién nacidos lloran o duermen mientras llegan las familias extranjeras que no han podido venir a buscarlos. Nadie sabe cuándo podrán hacerlo. Todos los nacimientos ocurrieron tras el cierre del espacio aéreo. En total, las autoridades estiman que hay unos cien casos, pero si las fronteras permanecen bloqueadas la cifra podría acercarse al millar en unos meses. Las familias, en su mayoría europeas, son de países más desarrollados que Ucrania.

El portal de esta clínica de reproducción asistida no da detalles sobre el perfil de quienes contratan sus servicios. Simplemente muestra fotos de parejas heterosexuales felices por tener descendencia gracias a la subrogación. Para los “donantes” muestran fotos de eventuales receptoras, todas de raza “europeoide” y educación universitaria, que después del parto se esfumarán. En las imágenes, a los bebés los cuidan solo enfermeras.

El mismo sitio web recuerda que Ucrania es uno de los principales centros internacionales de tratamiento de la infertilidad. Se sabe que en ese país los hogares encabezados por parejas del mismo sexo “no son elegibles para ninguna de las protecciones legales disponibles para parejas de sexo opuesto”. En este caso, la explotación de las madres subrogadas es básicamente económica. No siempre es así, a veces viene agravada con machismo y misoginia: mujeres de países pobres al servicio de señoritos gais que pueden darse el lujo de utilizar el vientre de una mujer para alquilarlo y luego abandonarla, literalmente.

El caso más ilustrativo de la infamia de esta práctica ocurrió con un grupo de hombres gais israelíes que, ante la prohibición de alquilar vientres en su país, contrataron madres sustitutas en Nepal. Después del terrible terremoto Gorkha –con magnitud cercana a 8, unas 9.000 personas muertas y 22.000 heridas–, los padres y sus hijos fueron evacuados en abril de 2015 por su gobierno a Tel Aviv, dejando en medio del desastre a las madres subrogadas, incluyendo a algunas hindúes que habían sido llevadas allá por las agencias de adopción. Así de inhumana fue la utilización del cuerpo de mujeres marginadas en beneficio de una élite masculina transnacional, una práctica vergonzosa que se impuso con retórica progresista e incluyente.

Las feministas francesas han rechazado enfáticamente lo que consideran una forma velada del servilismo más abyecto. Sylviane Agacinski, por ejemplo, señala que “las formas antiguas de esclavitud y servidumbre nos indignan. Pero que los cuerpos femeninos sean parte de un mercado y se vuelvan mercancía nos deja tranquilos”. Ilustres magistrados y constitucionalistas colombianos ni siquiera se dignaron debatir el asunto cuando avalaron a la ligera la adopción igualitaria, una moda militante internacional bien entroncada en la academia anglosajona.

Un punto en el que discrepo del feminismo francés es el paralelismo entre los vientres de alquiler y la prostitución, también considerada una forma moderna de esclavitud, a pesar de mucha evidencia en contra.

Los agoreros que ven en epidemias y pestes un castigo divino reconocerán que los vientres de alquiler eran un pecado mayor que el sexo venal. El puntillazo de la epidemia a la costumbre de contratar mujeres de países atrasados para que gesten un hijo ajeno es tal que probablemente no se recupere. Para Colombia, que potencialmente podía satisfacer esa demanda internacional, o ya lo estaba haciendo a la tapada, la naturaleza acabó ajustando un mercado que juristas de vanguardia y activistas impidieron regular.

La prostitución, por el contrario, saldrá no solo inmune sino tal vez fortalecida por la epidemia. Uno, por el eventual efecto carpe diem señalado por Boccaccio en el Decamerón para la peste medieval: “Se volvieron laxos en sus costumbres y descuidaron sus quehaceres como si esperaran la muerte ese mismo día”. Dos, tras un período de drástica reducción de la actividad por el encierro, no hay razón para pensar que personas dedicadas a vender sexo dejen de hacerlo. Se puede incluso prever que entre quienes vean muy deteriorada su situación económica por la crisis y carezcan del capital humano requerido para el teletrabajo se vea ese comercio como una opción. Por último, dadas las características del contagio, “a través de las gotículas que expulsa la persona enferma al toser, estornudar o hablar”, se podrán adoptar protocolos sanitarios sin afectar la esencia del servicio.

En ese nuevo escenario, como las webcamers, muchas prepagos colombianas podrán aumentar su participación en el mercado del sexo internacional. Acostumbradas a atender esmeralderos, narcos, paras, guerrilleros, militares y políticos corruptos, o traficadas desde niñas por minorías intocables, no van a dejarse amedrentar por un insignificante microorganismo.

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