Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Panorama confuso

LA DECISIÓN DE LA CORTE CONSTItucional de no permitir el referendo reeleccionista confirma lo que han revelado ya numerosos estudios cualitativos y cuantitativos:

las instituciones democráticas, los pesos y contrapesos, son “pegajosos”, y una vez arraigados no se extirpan fácilmente. Incluso cuando amplios sectores de la población se entusiasman con las apuestas caudillistas, actores dentro de las élites políticas o jurídicas pueden detener la carrera hacia el abismo, no porque tengan alguna pulsión heroica sino porque su perspectiva e incentivos son distintos. Bien por la Corte, bien por su presidente, bien por la tranquila y gris prosa de la institucionalidad.

Sin embargo, la situación sigue siendo muy delicada. Los críticos del Gobierno deben entender que la popularidad del Presidente no salió de la nada. Cierto, Uribe nunca estuvo por encima de lanzar golpes bajos y patadas, y estuvo permanentemente rodeado por factores de poder a quienes a su vez compensó con gajes y acceso a la toma de decisiones, pero esto sólo explica una fracción de su fuerza. También mostró un despliegue de energía y una capacidad de lucha extraordinarios: la virtud de las virtudes en un político práctico. Más aún, formuló un diagnóstico simple pero que ofrecía soluciones relevantes para una situación de crisis que ya se había vuelto permanente. Uribe se va, pero la crisis de seguridad —junto a otras que él creó— persiste. Por eso, lo peor que le podría pasar al país, y lo que con más fuerza auparía una oleada autoritaria de consecuencias imprevisibles, es que las elecciones las ganara un no-uribista y fuera incapaz de gobernar bien. Eso sí que reforzaría la convicción —cultivada con piadosa unción por toda la caterva de áulicos y turiferarios que reptan detrás del Presidente, quienes saben con perfecta claridad que se están jugando el pellejo pues sin Él serían un cero a la izquierda— de que este país no es viable sin el caudillo.

Por desgracia, faltando ya poco tiempo para la primera vuelta, lo que predomina es la proliferación de candidaturas y la más perfecta confusión. Tenemos varias clases de propuestas: las de los uribistas pura sangre (Santos y Arias), de los uribistas con agenda propia (Noemí, Marta Lucía, Germán Vargas), de los ni anti ni a favor (Leyva, Fajardo y los tres tenores) y de la oposición (Pardo y Petro). Cada uno tirando para su lado, no infrecuentemente sacando del sombrero deformes conejos de mago de pueblo. Por ejemplo, a Peñalosa lo mejor que puede ocurrírsele es proponer que sólo se permita una reelección a los congresistas. Es difícil ir más allá en la demagogia de pacotilla. Y con todo, el tipo tiene un patrimonio respetable de buen gerente, y exitoso transformador de Bogotá… ¿Qué le está pasando? Pues que en medio de la cacofonía, siente que tiene que hacerse oír y trata de agitar el avispero con algo que él calcula le encantará a la galería. Es claro que en este momento la confusión engendra más confusión.

A algunos pocos candidatos se les han oído propuestas con sentido. Pero la mayoría tiene todavía sólo consignas, a veces críticas y perspectivas interesantes, pero nada que se parezca a una visión de gobierno. Necesitamos con urgencia cohesión y claridad.

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