Por: María Elvira Samper

A papaya partida, papaya comida

El presidente Santos comunicó su aspiración a la reelección en medio del ambiente enrarecido que creó la noticia de un supuesto plan de la columna ‘Teófilo Forero’ para atentar contra la vida del expresidente Uribe, noticia que se chupó el oxígeno que le había traído al Gobierno el acuerdo sobre participación política logrado con las Farc en La Habana.

Las versiones contradictorias del ministro de Defensa, que confirmó la noticia del supuesto atentado, y del propio presidente que, para bajarle temperatura al asunto, aseguró que se trataba de un plan viejo, dejaron en entredicho la credibilidad del Gobierno y sirvieron para que Uribe, el enemigo más feroz del presidente y el más radical opositor del proceso con las Farc, reforzara sus argumentos antidiálogo y sacara réditos políticos. Como dice el refrán, “a papaya partida, papaya comida”.

El expresidente es objetivo militar de las Farc desde hace años, pero no quedó claro si el plan para atentar contra su vida está o no vigente, y la advertencia categórica de que “no hay espacio para el magnicidio, ni para el atentado personal”, que hizo Humberto de la Calle luego de hacer el balance de las conversaciones de paz, si bien le traza una clara línea roja al proceso con las Farc, no cierra el capítulo de las contradicciones.

Llevo días dándole vueltas al asunto, intentando entender el embrollo, y la teoría de que el ministro Pinzón es una rueda suelta no me cuadra, pues es hombre de confianza de Santos —uno de los pocos que le hablan al oído—, y su papel de malo de la película hace parte del entramado de un proceso de paz que se adelanta en medio de la guerra. Si fuera rueda suelta, hubiera corrido la misma suerte del general Landazábal en el gobierno de Betancur, que lo sacó del Ministerio de Defensa por oponerse a los diálogos con la guerrilla.

Descartada la teoría de la rueda suelta, y luego de hacer algunas consultas, aventuro otra hipótesis: fue una jugada a varias bandas del presidente, para mandar mensajes a diferentes destinatarios. A Álvaro Uribe, para dejarle en claro que el Gobierno no ha bajado la guardia contra la guerrilla, que es previsivo, que vela por su vida y lo protege con un costoso y poderoso esquema de seguridad que, dadas las circunstancias, será reforzado. A la columna ‘Teófilo Forero’ —terrorista por diseño y por definición, y además narcotizada—, para reiterarle que las fuerzas del Estado le siguen los pasos y adelantan operativos para desvertebrarla y dar de baja a su cabecilla. A las Fuerzas Armadas, para asegurarles que no hay tregua en la guerra, y que espera resultados, en especial contra la ‘Teófilo’. A la galería, para decirle que el proceso es difícil y complejo, y que el Gobierno no descarta atentados terroristas, que protege con celo a posibles blancos como su antecesor, y que éste es mezquino cuando lo acusa de ocultarles los crímenes a las Farc. Y a las Farc, el mensaje más importante de todos: que si están unidas —como dicen—, deben responder por todas y cada una de las acciones que adelantan sus hombres, incluidos los terroristas de la ‘Teófilo Forero’.

Una jugada demasiado sofisticada que le salió mal al presidente porque erosionó su credibilidad y la del Gobierno en general, y fortaleció la posición del uribismo contra las conversaciones de La Habana. Sin embargo, las Farc quedaron notificadas: no hay espacio para el magnicidio ni para el atentado personal.

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