Por: Lisandro Duque Naranjo

Papeleo

HAY MOMENTOS, SINCERAMENTE, en los que uno casi que preferiría  continuar desempleado, mirando para el techo,  con tal de no someterse a los requisitos  que debe cumplir apenas  adquiere un trabajo.

A veces creo que muchos  indigentes optaron  por su  condición  nada más que por pereza  de  hacer  ese mundo de colas  y gestiones  que la vida  les exige a los  juiciosos, productivos  y buscones de salud. La responsabilidad es un suplicio.

Como soy de esos seres negados para los números,  la llenada de los interminables  formularios  para estar al día en mi EPS se me convierte en algo así como una titánica declaración de renta mensual para la que tengo que rogarles  su  ayuda a misericordiosas secretarias.  Y todo porque si hoy uno gana cierta cuantía, y al mes siguiente una distinta, las liquidaciones no pueden ser iguales.

Si a eso se agrega que, ya adquirido por el ciudadano  el hábito de hacer  los pagos  en un determinado banco,  un buen día llega a la ventanilla del mismo y le informan que ahí ya no es la cosa, sino que toca llamar a la línea 800 y pico, o ingresar   a la página web tal y pascual,  lo mínimo que puede esperarse de él  es que le eche pestes al sistema y   prometa  a todo chorro no volver a pagar nunca más una cuota. 

Hay que ver la cara que ponen  los funcionarios  ante esas  amenazas patéticas: “No, pues, qué peligro, este señor va a quebrar al Estado”. Al día siguiente, sin embargo, ya mansita, la pobre víctima de la modernidad   llama a la tal línea esa, y resulta que nadie responde.   Esta semana,  los ciber-arrebatos  del ministro Palacio Mejía  quien jura que todos los colombianos somos  internautas,  produjo un colapso  descomunal  entre  miles de cumplidos   cotizantes  al sistema de salud y de pensiones.

No es sino que la gente le coja el tiro, por fin, a la observancia  de  un  deber engorroso e inevitable, para que  los burócratas se  ingenien  la  forma   de convertírselo en algo  torturante. Creo que fue el poeta Roca quien dijo que “si Kafka hubiera nacido en Colombia, habría sido un escritor costumbrista”.

 Qué tal, por ejemplo,  eso del certificado de antecedentes disciplinarios de la Procuraduría, documento del que terminó antojándose la Personería de Bogotá, solo que en esta dependencia es gratuito, mientras que en la primera cuesta tres mil novecientos pesos. Esta suma, hasta hace unos meses, había que consignarla en el Banco Cafetero. Hoy en día, hay que pagarla en una dependencia donde la cola es larga como un río.

 Cómo así que a uno le tienen  que expedir  una constancia de que es honrado. Yo de Derecho no sé  nada, pero desde chiquito  he  oído decir que  las personas  son inocentes porque sí, hasta que se les demuestre lo contrario. Y en todo caso, si un aspirante a un cargo o contrato fuera sospechoso, el comprobarle sus culpas  debiera ser un trámite de la entidad interesada en él.

Cuestión de pedirle la información a la base de datos, y listo. Hay qué ver lo  cansada   que se ve   la muchedumbre cuando corona  la ventanilla donde con gran rapidez le expiden el comprobante de que  sigue siendo honorable.  Una informática cínica espera al penitente  luego de su romería.  Manos feudales digitan los teclados del siglo XXI.

 Y  bueno, para quedar completos, está lo del bendito pasado judicial, aberración del DAS que cuesta veintiocho mil pesos. Con  este documento le hacen  a uno el favor de decirle  que no es un criminal. Será darles las gracias por esa obviedad.   El horario para conseguirlo lo concede  telefónicamente una máquina, y si uno lo incumple, es sancionado con ocho días de espera. Eso es lo que se llama disciplina.

  Vueltas innecesarias, ilegales, y cada cierto tiempo, cuando uno ya se ha resignado a satisfacerlas, modificadas para hacerlas indescifrables. Nuestras   autoridades se aprovechan  de que los usuarios necesitan  trabajo para tratarlos como unos desocupados.

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