Por: Juan Pablo Ruiz Soto

Papúa, ¿los mismos contrastes?

El monte Carstensz, ubicado en la isla de Papúa (Indonesia), es una montaña de contrastes.

 En el trayecto de aproximación, antes del ascenso a su cima, pasamos de un bosque húmedo tropical de zonas de montaña baja y media, de gran belleza y en muy buen estado de conservación, a las bellas rocas de caliza que forman su cumbre. Desde allí divisamos un gigantesco hueco de casi 2.000 metros de profundidad y otro tanto de diámetro, generado por la extracción de oro a cielo abierto de la mina activa más grande del mundo.

Los contrastes no son sólo naturales y paisajísticos, también son sociales. A pocos kilómetros de la mina —generadora de riqueza y con más de 10.000 trabajadores— están los grupos indígenas que viven en precarias condiciones de salud y vivienda.

Otro gran contraste es el tecnológico. Mientras en la mina, las volquetas de más de 25 toneladas transitaban sobre amplias vías, los porteadores del grupo indígena dani, que nos acompañaron en nuestros nueve días de recorrido, llevaban a sus espaldas 17 kilos de la expedición y unos siete kilos adicionales de elementos personales, transitando descalzos entre raíces, pantanos y filudas piedras. Cuando les preguntamos a los guías por qué no usaban botas de caucho, que valen cerca de una quinta parte de lo que se les estaba pagando por día de porteo, nos dijeron que al recibirlas las guardaban para cuando bajaban de su choza a la aldea principal y que se sentían más seguros caminando sobre sus pies descalzos.

Después de este viaje —que nos permitió alcanzar la séptima cumbre, para completar el ascenso a la cumbre más alta de cada continente— surgen múltiples interrogantes. No sólo de montaña, sino también del papel que puede jugar la minería en el desarrollo de nuestra querida Colombia. Lo que vimos en Papúa no es muy distinto a lo que vemos en La Guajira.

Desde el colegio nos enseñaron que la existencia de recursos minerales es un atributo nacional. Lo que no aprendimos es cómo convertir su uso en fuente de desarrollo sostenible, con equilibrio social y ambiental. Esto no es imposible. Hoy, países con gran tradición minera, como Suecia y Finlandia, presentan los mejores indicadores de sostenibilidad en el mundo. Mientras otros, como Indonesia y Venezuela, demuestran que la riqueza minero-energética puede ser fuente de corrupción, atraso y desigualdad.

En Indonesia, el Gobierno tiene un precario control sobre el volumen del material extraído y la riqueza no llega a las poblaciones locales. En Venezuela, el Gobierno controla la extracción, y la corrupción y la crisis social son profundas. En Colombia, el Gobierno participa activamente en la producción petrolera, pero el control y manejo de la minería, tanto la legal como la ilegal, son muy precarios o inexistentes.

De nosotros depende el camino que recorramos y el futuro que gestemos. Definir el uso o no de los recursos minerales para la construcción de un desarrollo sostenible es uno de los grandes retos nacionales. Son un riesgo y una oportunidad. En algunos casos debemos extraerlos, en otros dejarlos enterrados. Todo debe depender del análisis costo-beneficio que incluya todas las variables económicas, sociales y ambientales.

 

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