Por: Alberto Carrasquilla

Par de Hechizos

Aunque la crónica social –tal cena, tal coctel-- no es mi fuerte ni como lector de prensa ni como aprendiz de columnista, y aunque en la materia de vida social me he rajado toda la vida por ineptitud extrema y crónica, el otro día asistí a una velada de la cual aprendí enormemente sobre esta Colombia de ahora, o al menos de la Colombia emprendedora, pensante y divertida y que allí estuvo representada. Saqué tres conclusiones sobre el actual estado de ánimo, por llamarlo de alguna manera, que se baraja en nuestro país.

La primera conclusión es que todo el mundo está de acuerdo en el hecho de que algún papel se firmará tras lo de La Habana y que eso ocurrirá relativamente pronto. Las nociones de “conflicto” y “posconflicto” son conceptos ganadores que permean y amparan al grueso de las discusiones y quienes tenemos dudas sobre la relevancia de dichos conceptos para el análisis y comprensión de la realidad colombiana actual, somos mosco en leche y punto final. Esta unanimidad es muy interesante puesto que, contrasta con la encuesta reciente de polimétrica, por ejemplo, según la cual los colombianos estamos mucho mas preocupados por la violencia de las calles (40%), y los hogares (intrafamiliar, 14% y contra las mujeres, 10%) que por la violencia guerrillera (12%).

La segunda conclusión de la interesante velada es que nadie sabe exactamente que es eso del “conflicto” ni mucho menos aquello del “posconflicto”. Lo primero queda claro tras una ojeada a las 809 páginas del flamante informe que se escribió con el fin de “entender el conflicto armado colombiano”. En la velada de marras todas las diversas aproximaciones contenidas en el informe  --unas mas que otras-- estuvieron representadas. Se trata de una espesa recopilación de 12 estudios, unos menos ilegibles que otros,  y dos narraciones en torno de ellos ---estupenda la del Dr. Eduardo Pizarro, patética la del Dr. Victor Manuel Moncayo-- y queda igual de claro que la unanimidad respecto de la relevancia del concepto de “conflicto” carece de toda contrapartida a la hora de pensar en concreto. No hay acuerdo alguno ni sobre el momento en que todo comenzó, ni mucho menos una explicación clara sobre las razones que le dan origen, su dimensión en el tiempo y en el espacio ni tampoco sobre los determinantes de su persistencia. 

Sobre el “posconflicto”, que es el concepto estrella, el Leo Messi del debate colombiano, las cosas son aún más vagas e imprecisas. Basados en evidencia que, por decir lo menos, resulta polémica, parece existir cierto consenso acerca de que alcanzar dicho estado va a elevar notablemente el crecimiento económico y va a a abrir, finalmente, las ventanas para que entre la luz de las reformas que el país reclama, empezando por la agraria, cuyo hilo conductor pareciera ser el reciente estudio de José Antonio Ocampo.  La cadena causal que lleva de una firma ceremoniosa al crecimiento económico y a una agenda reformista es extremadamente difícil de ver, si es que existe. En una contradicción lógica muy clara con la idea anterior, también existe certeza en el sentido de que firmar el acuerdo no va a implicar el fin de la violencia, quizás ni siquiera el fin del terrorismo, sino el incremento de ciertas formas de agresión a la ciudadanía. Ya el Ministro de Defensa ha dejado claro que no será posible recortar las fuerzas armadas sino muchos años después de la firma, sin duda anticipando que las fuerzas armadas nos deberán seguir defendiendo, dándole la razón al consenso que vi en la velada. Si hay éxito, entonces, vamos sufrir menos agresión guerrillera y más agresión alternativa, digamos en las calles. Eso me lleva, de nuevo, a la encuesta de Polimétrica según la cual a los colombianos ese swap nos sabe a cacho, al bajar las agresiones de unos hampones que nos preocupan poco y subir la agresión de otros hampones ---o los mismos, pero operando otra franquicia--- que nos preocupan tres veces más.

La tercera conclusión que saco de la velada es que hace ya sus años los colombianos vivimos deslumbrados por el hechizo de las dicotomías. La primera, la guerra y la paz, fue una estrategia inmensamente exitosa y le significó la elección al actual gobierno. De similar manera, la nueva dicotomía de conflicto y posconflicto ha resultado ser una estrategia inmensamente ganadora que ha logrado paliarnos la incapacidad de hacer, e incluso debatir sin adjetivos, las reformas que se necesitan, los cambios que requerimos y, en consecuencia, nos ha aliviado la sensación de que vamos perdiendo en varias canchas los partidos del futuro.

El hechizo de las dicotomías no va a ser un vicio fácil de dejar y va a haber turbulencia al  aterrizar en la realidad de un país que ---para propósitos prácticos--- es absolutamente común y corriente, país con los mismos líos de otros cientos de países y los mismos desafíos y las mismas restricciones que tiene  todo el mundo.

 

 

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