Por: Nicolás Rodríguez

Para los que ríen sin razón

HAY CIUDADES DEL MUNDO EN LAS que es más grave orinar en un parque público que prender un cigarrillo con tabaco y marihuana. Desafortunadamente no es el caso de Colombia, en donde fácilmente puede terminar el consumidor en una UPJ, acusado de un crimen gravísimo.

Por fortuna hay quienes insisten en organizar pacíficos movimientos de resistencia (algunos dirán de pestilencia), como el que se celebra hoy, en el día mundial de la liberación de la marihuana. Una fecha que a muchos perturbará pero que, de cualquier forma, en menos años de los que se piensa será rememorada con miradas de incredulidad.

¿Que la marihuana es adictiva? Tanto como el sexo o el curry. ¿Que lleva a la heroína? Probablemente el que consume heroína ya habrá fumado marihuana, pero hasta ahí llega el silogismo (por lo demás, ni Obama ni Santos, que sí la inhalaron, le jalan a las inyecciones). ¿Que ayuda a cometer crímenes? Ya quisiera la Policía que todos sus ladrones fumaran marihuana. Es más, ya querríamos todos que las Farc se sentaran a fumar algo de lo que trafican.

No, ya es tarde para insistir en los facilistas imaginarios con que los prohibicionistas hicieron de la figura del marihuanero (un personaje, si se quiere, algo apelotardado, y pare de contar), un sujeto peligroso y ruin, sobre el que debe caer el peso de las miradas reprobadoras (cuando no es que de la enmohecida doctrina uribista, en la que del ocio nace el terrorista).

En esta ocasión el énfasis de la marcha, en Bogotá, Montreal o Madrid, está puesto en otros temas, menos dogmáticos y más abiertos a la discusión (que es lo que los prohibicionistas no han querido dar), pues hace tiempo que no se trata del estribillo fácil que pide únicamente su legalización. Se habla, entonces, de consumo responsable, de reducción de riesgos y de usos medicinales. Ahí ya hay con qué debatir.

Los políticos, entre tanto, miran con discreción y simpatía, pero temen perder votos. Pronto serán esos mismos los que elegirán.

 

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