Por: Lorenzo Madrigal

¿Para qué las leyes?

Si no han de cumplirse. Una legislatura que termina —ahora hay una que comienza— se ufana generalmente de haber hecho determinado número de leyes, creándose el batiburrillo insoportable de gruesos códigos con normas especializadas para cada actividad social.

Congreso admirable debería ser aquel que pasa sin expedir una ley más. Si bien la función de un Congreso es precisamente legislativa, no ha de estar a cada hora en actitud fundacional, cuanto más en un país en que han abundado juristas, que lo han cosido por un lado y otro con disposiciones casuistas.

Ahora tenemos la belleza de haber adicionado a la Constitución los llamados acuerdos de La Habana. Sensata me ha parecido la propuesta reiterada del precandidato don Carlos Holmes Trujillo de borrar de la Carta fundamental tales acuerdos. Ese peso adicional no lo resiste la hermenéutica ni la seriedad de ningún estatuto fundamental. Es hora de pensar si se convierten en leyes ordinarias, pese a su rechazo popular, y esto en aras de no hacer trizas un proceso que se impuso y que muchos ya dan por exitoso.

Pero el propósito, del que me desvío porque la realidad antijurídica del país me atafaga y desordena, es el de preguntarme por la eficacia de tantas leyes, si uno ve que se direccionan, suplantan u omiten en conventículos donde no falta el dios dinero.

Ocurre —aunque no siempre— que cuando se alcanza una posición del Estado que conlleve mando, no se piense en el servicio público, sino en asumir con el mayor agrado esa cuota de poder para fines particulares. Ayudan los allegados. Tú que estás en esa posición tan importante (viene primero el halago), mira a ver qué se puede hacer con este muchacho que no encuentra puesto en ninguna parte. Viejito querido, te lo pide tu abuelita.

Lo que es más grave tratándose de cargos y posiciones judiciales, tan determinantes de la felicidad, de la vida en libertad y de la solución de errores cometidos por las personas públicas y privadas. Viene entonces aquello que antiguamente llamaban “emborracharse con el juez” y que ojalá fueran sólo unos traguitos de más y la confianza interpersonal, pero en los días que corren, lo que se estila es dar y recibir ingentes sumas a cambio de ese poder del que se está disfrutando. Una parte del poder omnímodo del Estado, otorgado por las leyes para el servicio público. Pero entonces, ¿para qué las leyes?

Y qué decir del desconocimiento por completo de la legislación, cuando irrumpen en un Estado débil como el nuestro los insurrectos. Hasta ahí llegan las leyes que atañen a los demás ciudadanos, pues estos otros, con armas irregulares y métodos criminales, toman por coacción una parte del mando para sí, mientras proclaman que le han cumplido al Estado y que le seguirán cumpliendo cuando estén de lleno en el poder. Entonces, ¿para qué las leyes?

 

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