Por: Juan Manuel Ospina

¿Para qué sirve una buena economía?

El cambio climático, con hondas raíces en el actual orden económico internacional, es el grito de una naturaleza que no es un cuerpo inerte que protesta y protestará cada vez más duro, por los abusos a la que la hemos sometido, especialmente en el último siglo.

De ese desorden también surge la desigualdad que se apoderó de la economía, de la internacional y de las nacionales, que ha hecho que se escuchen voces de alarma desde los rincones más insospechados – el multibillonario Bill Gates, Christine Lagarde del FMI, el Papa Francisco… - para advertir que no es viable un mundo donde el 1% de las personas tiene una riqueza equivalente a la de la mitad de la humanidad.

Una desigualdad que se expresa en la tragedia que se vive día a día en un Mediterráneo asediado por cientos de africanos y árabes que exponen lo único que les queda, sus vidas, en su intento por huir de la pobreza y de la violencia que los acosa sin piedad. Es una desigualdad no solo en términos de la riqueza material, también en cuanto al poder para imponerse y a la posibilidad de liberarse de la presión de las necesidades, como condición para ganar en libertad. Una desigualdad que lleva a desconocer la existencia de los otros, con sus reclamos y sus derechos.

Hace unos años el entrañable Rodrigo Marín Bernal dio una respuesta simple a la pregunta: ¿para qué sirve la economía? Al decir simple y contundentemente que la mejor política social es una buena política económica. Esta semana el presidente Mariano Rajoy, refiriéndose a la situación española – que es distinta a la griega salvo que comparten un rechazo ciudadano a los partidos tradicionales y a la corrupción rampante – completó la idea de Marín: “Es muy peligroso pensar que una política social que no esté sostenida por una sólida política económica es posible”.

Muchas de las metas sociales se consiguen gracias a la buena política económica de Marín: empleo decente, seguridad económica, régimen prestacional y pensional, tributación y equidad en los ingresos. Además le brinda a la política social la base material y financiera para que tenga la solidez y la continuidad/sostenibilidad que requiere. Dicho de otra manera, lo económico y lo social no pueden ser esferas públicas que anden de espaldas, desconociéndose e inclusive poniéndose zancadilla.

En el origen de la crisis venezolana está un Chávez obcecado con distribuir, con un mayor sentido social, la enorme renta petrolera controlada por el Estado a través de PDVESA. Un propósito loable pero imposible de lograr con el solo deseo presidencial. No hay duda que los pobres de Venezuela en muchos aspectos, han mejorado en sus condiciones de vida. El discurso de una nueva economía que acompañaría la acción social, quedó en eso, en discurso. Continuó la conversión de los ingresos petroleros en unos subsidios que no son sostenibles. No fue posible construir una economía diversificada, transformadora y no simplemente exportadora de las riquezas del subsuelo, que pudiera ofrecer a los venezolanos empleo estable y un ingreso digno y así dejar atrás los tiempos del subsidio generalizado e indefinido.

En Brasil, cuna de nuestro programa de “Familias en Acción” la situación también hace agua, pues los cambios económicos, de corte neoliberal moderado, no se acompasaron con una política social centrada en subsidios. Colombia debe mirar al Brasil, como lo hizo cuando importamos su política social, para evitar caer en la situación en la que hoy se debate el vecino.

Las enseñanzas son claras, políticas sociales que solo redistribuyen ingresos, sin transformar a sus beneficiarios en sus situaciones, posibilidades y actitudes ante la vida y el trabajo, pueden avanzar rápida y espectacularmente para, indefensas, terminar enfrentando las duras realidades de una economía, que languidece en su no transformación. Falta la política radical pero realista que sea capaz de compatibilizar ambas andaduras, la social y la económica, en torno a un derrotero y unas metas para la sociedad.

 

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