Por: Augusto Trujillo Muñoz

¿Para qué sirven los ministros? (III)

Según los expertos, las instituciones constituyen elemento fundamental en el desempeño de una sociedad.

Pueden estimular el desarrollo o el atraso y la inclusión o la exclusión de las mayorías sociales.

En todo caso –como lo escribí en la primera de estas tres columnas- gobernar bien no significa privilegiar la teoría sobre la realidad, ni la ideología sobre la democracia, sino al revés. Y claro, dialogar con la gente. Es otra forma de expresar que las instituciones deben estar enraizadas en la realidad y sus representantes han de garantizar que la arquitectura institucional se nutra de la vida social.

En un sistema como el nuestro el conjunto de la opinión pública busca en los ministros la correa más eficaz de transmisión entre el ciudadano y el gobierno. Los ministros son responsables de la credibilidad oficial y de la misma legitimidad de las instituciones. Lo mismo que los congresistas y los jueces. El presidente, como jefe del Estado, es garante de la unidad en medio de la diferencia.

Los ministros son para orientar pero también para interpretar a los ciudadanos. Deben estar próximos a la opinión pública. De su actitud democrática depende, en gran medida, que la gente se reconozca en sus instituciones y que las realidades fluyan o no por entre las teorías, las normas y las políticas públicas. Tradicionalmente, en este país se desoye al ciudadano, lo que es una falta de respeto por sus intereses y sus derechos.

El presidente Santos ha dado muestras en contrario. No ha dudado en revisar criterios para atender a la opinión pública, pero tal cosa no ha servido de ejemplo a sus ministros. Por el contrario, éstos se refugian en medio de un gabinete de técnicos sin sensibilidad política ni compromiso social y en las agencias o consejerías de reciente creación, en cuyo seno lo técnico impera, sin mirar la conveniencia de los matices políticos.

Los equipos económicos conformados por los gobiernos de los últimos años privilegian el neoliberalismo y el mercado, más allá de las especificidades de una sociedad como la nuestra. Parecen equipos de ‘Fedesarrollo’, de un organismo multilateral o de poderosos gremios, y no del gobierno colombiano que necesita gobernar con capacidad creativa y sensibilidad social para mantener la legitimidad democrática.

Por la naturaleza misma del cargo los ministros no sólo deben ser receptores sino promotores de políticas dirigidas al servicio de la gente, a veces por encima de costos fiscales, pues sigue habiendo responsabilidades y rentabilidades sociales. Pero eso lo subvaloran los discípulos fundamentalistas del mercado que, en esas condiciones, ni siquiera sirven de fusible para proteger al jefe del Estado del natural desgaste político.

Es impresionante lo poco que le sirve el estado al ciudadano común cuando se trata de obtener la prestación de un servicio, y lo mucho que le estorba cuando se trata de cumplir un trámite. Gobernar bien significa servir a la gente más que regular su vida cotidiana. El papel de los ministros es básico para neutralizar inconformidades sociales. Pero ahora resulta que el problema es una insurrección antisantista. Entonces, ¿para qué sirven los ministros?

*Ex senador, profesor universitario, [email protected]

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