Por: Juan Manuel Ospina

Para salvar la política

Todo el mundo habla de ella a mañana y tarde, generalmente mal.

Eso sucede en el mundo, no es una pasión solo colombiana. Porque la política hace parte de nuestras vidas como individuos y como sociedad. No es algo que se escoge sino que, como respirar, se nos impone como una necesidad vital. Y para rematar, es condición para que como nación se pueda avanzar en los distintos frentes, al ser su ámbito el del interés general. Para Colombia, es un elemento crítico para enfrentar con éxito las tareas que nos esperan, una vez se silencien los fusiles guerrilleros.

Ahora bien, bajo el genérico “política” caben múltiples realidades y propuestas, muchas contrarias a lo que la sociedad necesita y reclama, que le han generado un enorme desprestigio y una crisis de ilegitimidad. Recuperarle la necesaria credibilidad y restaurarle su dignidad no es tarea fácil y rápida, reclama más que un cambio de normas para construir esa nueva política, sugerente, creíble, respetable. Pero comienzo tienen las cosas y hoy al menos parece que hay un consenso espontáneo y esperamos que sincero, sobre la necesidad de meterle la mano a fondo al tema. El primer paso ha de ser la modificación de las normas que regulan el asunto.

Están ya sobre la mesa las primeras propuestas de reforma política y electoral, dos temas interrelacionados; vienen más en camino. Las comisiones primeras del Congreso tienen ahí su primera y fundamental tarea. Para llevarla a bien se necesitará trabajar con prontitud pero sin precipitación, para que se logren unas normas, no para salir del paso, sino para sentar las bases de un nuevo ciclo de la política colombiana sintonizada con un país y un mundo que han cambiado en este medio siglo.

Fundamental acabar con el esperpento antidemocrático de la reelección presidencial que enrareció nuestras ya discutibles prácticas electorales. La palabra reelección debe abolirse de nuestro vocabulario, aunque suene radical.. Igualmente es conveniente retirarles a los magistrados de las altas cortes su facultad nominadora, pues el resultado fue arrojarlos al lodazal de las transacciones electorales, en detrimento de la “majestad de la magistratura”, tan venida a menos en los últimos tiempos. La actual debe ser además la oportunidad para discutir la vigencia de un bicameralismo importado de sistemas políticos federales, como los Estados Unidos, o monárquicos como Inglaterra, ya abolido en muchas democracias; si ha de seguir, que sea al menos con división clara de funciones, con una Cámara que represente explícitamente a las regiones.

Es fundamental, acabar con el voto preferente que mantiene vivo el hiperpersonalismo de la política colombiana, como paso previo e indispensable para volver a tener partidos serios, reducidos a expedir avales. Sin partidos, la política queda reducida a una lucha, socialmente estéril, entre políticos en trance de reelegirse indefinidamente, en la cual todo o casi todo se vale. Para aspirar a tener una política digna, es indispensable que el partido sea el responsable de definir sus listas de candidatos – por medio de convención, encuesta, consulta previa… - para acabar el nefasto voto preferente; que centralice la financiación de las campañas, estatal al 100%, y que luego actúe como el único negociador con el Presidente, gobernadores y alcaldes, en sus respectivos niveles, de los acuerdos programáticos y burocráticos, normales en la actividad pero que deben ser públicos y verificables.

Aunque a muchos no les guste, el voto debe ser obligatorio al menos durante cuatro ciclos electorales, 20 años, mientras se aclimata la nueva organización y prácticas de la política. No se coarta ninguna libertad, pues el voto en blanco es una alternativa; permite educar al ciudadano y estimular el voto de opinión, el cimentador electoral del cambio político. Ojalá no nos quedemos a mitad del camino, pues podría frustrarse nuevamente la voluntad de cambio.

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