Por: Mauricio Rubio

¿Para toda la vida?

Con explicaciones doctrinarias y contraevidentes jamás se podrá prevenir la prostitución de menores, ni entender quiénes y cómo abandonan el oficio.

Alexandre Lacassagne (1843-1924) fue un médico legista francés que promovió la investigación inductiva, basada en minucioso trabajo de campo. Se especializó en los tatuajes y dos de sus discípulos, Le Blond y Lucas, se interesaron por los de las prostitutas. Tras entrevistar a una treintena de mujeres y calcar directamente de la piel sus tatuajes, publicaron un libro peculiar. Anotan que, “jurando amor y fidelidad eterna”, ellas se dejaban tatuar el nombre de algún cliente convertido en amante. Eran comunes las iniciales P.V.L., Pour La Vie, para toda la vida. Una joven, en el oficio desde los 19 años, tenía dos corazones en su brazo, adornados con flores y palomas sosteniéndolos bajo un “unidos P.V.L.”. Inscripciones similares se repetían, a veces con un detalle trágico, como un puñal simbolizando la separación. En su estudio clásico sobre la prostitución en París, Alexandre Parent du Châtelet señaló que algunas mujeres eran expertas en borrarse los tatuajes para escribir el nombre del siguiente gran amor.

Las parisinas que marcaban su piel no han sido las únicas enamoradas ejerciendo el oficio. En una encuesta hecha en Bogotá a 250 prostitutas, cerca de la mitad recordó una relación estable o romántica con algún cliente. Entre las londinenses, el término trabajo se usa para el sexo sin afecto, con extraños. Pero también está el novio, o el sugar daddy, que pueden surgir de la misma clientela. Incluso en un segmento pragmático y negociante como las prepago colombianas de “alto standing”, se percibe esa inclinación. “Hay que meterle sensibilidad al rollo, algo de corazón, porque si no, no tiene gracia y termina siendo eso: acostarse simplemente por plata… Quiero conocer a alguien con quien formalizar el cuento de la familia”, confiesa Paula, una paisa instalada en Bogotá.  El gran dilema de Bruna, escort brasileña, para enamorarse de algún asiduo es que, cuando sea para toda la vida, ella desearía un hombre que no frecuente mujeres como ella, que le sea fiel.

En la película Princesas de Fernando León de Aranoa, Caye, prostituta madrileña, le confiesa a Zule, dominicana, que añora no tener quién la quiera. Un día conocen dos tipos en un bar y al salir se preguntan si los van a tratar como novios o como clientes. Ese dilema lo tuvo Dania Londoño, la mujer que enredó al servicio secreto de Obama en Cartagena: la amiga con la que estaba en una discoteca decidió no cobrarle al levante mientras ella sí trató al suyo comercialmente y por eso insistió en el pago. 

Nicole Castioni, jueza asesora del Tribunal Criminal y antigua diputada al Parlamento de Ginebra, cuenta en su autobiografía que antes de su brillante carrera vendió su cuerpo en París durante cinco años. Una anécdota suya ilustra la persistencia del enamoramiento en ese medio del que logró salir para estudiar Derecho y ser profesional. Años después volvió a Saint-Deins para hablar con sus antiguas compañeras. Al verla, “estaban convencidas de que me había casado con un hombre rico. Cuando supieron que era diputada y jueza me hicieron el vacío. Eso era traicionarlas mientras que la boda con un millonario no”.

Si un romance puede ayudar a retirarse, otro con quien no toca es a veces la entrada a la prostitución. Así le ocurrió a la misma Nicole Castioni. Siendo joven se escapó de su casa —donde fue abusada repetidamente— para irse con Jean-Michel, de quien estaba perdidamente enamorada. “Me hacía regalos, me llevaba a hoteles de lujo, viajábamos en Ferrari”. La primera vez que él le pidió que se acostara con otro fue un favor, para pagar una deuda. Ella ya consumía cocaína. Luego, “alternando obsequios, golpes y droga, me hizo saber que iba a trabajar en Saint-Denis, que su madre tenía un apartamento allí y que yo iba a acostarme con los clientes en ese lugar”.

Convendría mermarle al discurso militante —abolicionista o sindical— para privilegiar etnografías, testimonios, novelas y guiones, complejos, matizados, contradictorios, pero más realistas. Sólo así se podrán humanizar las prostitutas, reconociéndoles capacidad de agencia, sentimientos y la remota posibilidad de enamorarse. Cuando se problematice la mirada exclusivamente económica o política se podrán comprender un poco mejor las tortuosas vías de entrada a la actividad en una sociedad machista —requisito para prevenir la trata de menores—, las eventuales salidas y dos fenómenos casi ininteligbles. Uno, peculiar a las colombianas, es la alta proporción de madres en el oficio; otro, que casi no las atañe pues actúan en redes femeninas, es la misteriosísima relación de dependencia con chulos maltratadores. Nicole Castioni sentencia: “Yo me prostituí por amor”. Tratándose de una jueza, es apenas sensato creerle.

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