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Tuve dudas, para el título, entre el proverbio: “De todo hay en la viña del señor”, o aquello del Cantar de mío Cid: “Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras”, y lo dejé así.

La cuestión es que Donald Trump fue propuesto —¡por segunda vez!— como candidato al Nobel de la Paz, por un diputado noruego de derecha y de nombre difícil y largo.

No habría por qué extrañarse ni alarmarse mucho. A lo largo de la historia, en el proceso previo al otorgamiento de este premio han figurado como precandidatos o candidatos: Mussolini, Hitler, Stalin —¡dos veces!—, Eva Perón, Leónidas Trujillo, Fidel Castro y varios papas. También hay una bastante curiosa lista de los que lo han “merecido”, que va del estadounidense Theodore Roosevelt al argentino Adolfo Pérez Esquivel.

Hay dos categorías de premios Nobel que cada tanto despiertan suspicacias: el citado de la Paz y en menor grado el de Literatura. En este último caso, más de una vez resultaba indisimulable la “guerra fría”, el “tercermundismo”, el “no alineamiento”, ciertos oportunismos o, en casos, un claro temor a salirse de lo “políticamente correcto” de la hora. Eso, sin restarles mérito a la gran mayoría de sus ganadores. En el Nobel de la Paz esas fallas han sido reiteradas y, es más, repetidamente el “premio” ha sido invalidado y ridiculizado por los hechos.

Sin ir más lejos y para no salirnos de los Estados Unidos, está el caso del Nobel de la Paz (2009) otorgado al entonces flamante presidente de los EE. UU., Barack Obama. Nunca nadie supo explicar qué fue lo que había hecho por la paz universal hasta ese momento, y lo que hizo después fue muy poco y muy dudoso. Si los académicos jugaron de pitonisas, le erraron feo.

EE. UU. siguió en Irak y Afganistán, a Bin Laden lo mataron (guste o no) en acción comando en territorio ajeno y Obama desafió al mundo: ¿y qué? Nunca se enteró dónde estaba ubicada América Latina y lo poco que hizo por la región no fue precisamente en favor de aquellos países más representativos como amantes de la paz, si se entiende esta como parte de la democracia y de la libertad. Fue, hasta su gobierno, la administración que más “indocumentados” deportó.

Es cierto que lo suyo fue muy cosmético. Previo al golpe te acariciaba la nuca, que muchas veces era lo único que destacaba una prensa “aliada”. Incluso con respecto a la prensa: se da por recibido —y bien recibido— que Trump es una especie de “bestia” que no soporta la libertad de prensa. Él no lo disimula. Ello no quiere decir que eso afecte el derecho a la información de los estadounidenses: nadie puede negar la existencia de un torrente —casi desbordante, diría— de información y de opiniones en su contra. La gran mayoría de los medios de EE. UU. lo rechazan. Es un hecho.

En cambio, Obama tomó otra vía: dictó las normas y estableció las sanciones más severas para los funcionarios que revelaran informaciones que afectaran la seguridad. El viejo argumento de las dictaduras. De buenas maneras, eso sí, y a la vez mucho más eficiente que las viejas dictaduras vociferantes —a las que se asemeja Trump en su discurso— en cuanto al objetivo de limitar la información que llega al ciudadano. Barack, como los progresistas, se centró más en las causas para así mejor neutralizar los efectos.

Así son las cosas. Pasa en muchas partes. En la ONU, por ejemplo. Ya lo hemos dicho, Cuba ha sido miembro permanente de su Comisión de Derechos Humanos y Venezuela también, últimamente. Es notorio, entre otras cosas escandalosas, que Cuba junto con la Unión Soviética impidieron en todo momento cualquier condena o investigación sobre violaciones a los DD. HH. en Argentina durante la dictadura del general Rafael Videla.

No nos asombremos tanto con el Nobel, pues.

Eso no quita que la candidatura de Trump sea seria ni que se pueda tomar en serio.

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