Por: Juan David Zuloaga D.
Atalaya

Para un nuevo tarjetón electoral

Pasada la resaca electoral, y ahora que media una distancia prudente de los últimos comicios que supieron dividir al país entre amigos de la guerra y amigos de la paz, quizás haya llegado el momento de sacar algunas conclusiones que acaso sean saludables para el ejercicio democrático de Colombia.

Lo más llamativo de las campañas en la segunda vuelta fue el movimiento en torno al voto en blanco que comenzó a gestarse de manera más o menos espontánea. Se trataba de una serie de políticos e intelectuales que, ajenos a las indecencias de las facciones más extremas de las dos opciones políticas en contienda, quisieron apostar por un camino intermedio tendiente a consolidar una alternativa seria y responsable que sentara una voz de protesta o al menos de inconformidad frente a los candidatos a la Presidencia y sus energúmenas y en ocasiones falsarias campañas políticas. Causaron cierto ruido antes del día de las elecciones, pero a la hora de contar notaron con algún desconcierto que su iniciativa, respetable y en cierto modo necesaria, había logrado concitar menos votos que entusiasmo.

Como el tarjetón sólo ofrece dos opciones excluyentes, pesa más, en instancia tan decisiva, la elección de un candidato que la loable construcción de un movimiento social. Esa opción excluyente y única del voto fue quizá la que condenó la alternativa del voto en blanco.

El tarjetón no nos deja hacer esa lectura, pero nos podemos permitir ciertas hipótesis. Por ejemplo: que de haber tenido efectos jurídicos o políticos el voto en blanco (si se llega a cierto umbral es necesario repetir las elecciones, pongamos por caso) es probable que se hubiese logrado un número más alto; que de haber sido posible fragmentar el voto muchos hubieran votado en blanco en primer lugar y como opción menos mala hubiesen marcado a uno de los dos candidatos; que si hubiera podido explicarse o matizarse el voto (como hacen algunos en el tarjetón, dibujándolo o escribiendo cualquier ocurrencia en él) es factible que hubiese triunfado un “voto por X porque le tengo pavor a Y”, “voto por Y porque me da miedo el discurso temerario de X” (lo bonito es que la explicación vale para cualquiera de los dos) o “voto por X, pero con mucha tristeza y mucha resignación”...

Quizá tengamos que aprender, para matizar el tarjetón y ofrecerles un amplio espectro de posibilidades a los votantes, de las elecciones que ese mismo día se celebraron en el zoológico de Barranquilla. Por lo reñido de la primera vuelta (en la que descollaron la anaconda, el águila harpía y el oso de anteojos) fue necesario recurrir a una segunda vuelta que arrojó como gran vencedor de la jornada al oso de anteojos, quien reemplazará a la tortuga de río. Como se ve, allí las opciones eran muchas y muy variopintas. Y algo así quizá fuera deseable en las próximas elecciones presidenciales, a saber: un tarjetón en el que fuese posible votar por el hijo bobo del delfín o el hijo chévere del lagarto, o por el oso perezoso o por las crías de las hienas o los pequeños de los buitres y, por qué no, por los hijos de las perras y las sobrinas de los lobos, para que de esa manera se viera reflejada, al menos en el tarjetón, toda la fauna de la política nacional.

@Los_atalayas, Atalaya.espectador@gmail.com

 

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