Por: Carlos Granés

Paradoja del siglo XXI

“La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas”, decía Nicanor Parra en uno de sus antipoemas. Aquel guiño irónico y mordaz, típico en su obra, desentrañaba una de las claves del populismo, su estrategia de éxito, esa amalgama de contrarios con los que conseguía persuadir a distintos sectores del electorado, potencialmente enfrentados, a cobijarse bajo el mismo manto.

Es curioso que la izquierda hubiera caído en esta trampa. La derecha no, porque el populismo fue su invento. Más aún, los primeros populistas modernos, es decir, los populistas latinoamericanos de la segunda mitad de los 40, fueron todos dictadores de una derecha nacionalista muy próxima al fascismo. Ahí estaban el argentino Perón, golpista en 1930 y en 1943; el brasileño Getúlio Vargas, golpista en 1937; el chileno Carlos Ibáñez, golpista en 1927. Los tres fueron militares de una rancia derecha autoritaria, ansiosos de ejercer un poder absoluto desde sus tronos dictatoriales.

Fue después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos andaba preocupado por el fascismo, no por el comunismo, que estos derechistas tuvieron que hacerse demócratas. Su ideología se impregnó entonces de referencias populares. Seguían siendo tan nacionalistas y autoritarios como siempre, pero ahora darían prioridad en su discurso al elemento social. Su base electoral de derecha la complementarían con los trabajadores y los sectores marginales, y al poder llegarían aupados por partidos de extrema derecha y de izquierda nacionalista. En efecto, Nicanor: la izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas.

Pero a pesar del recubrimiento izquierdista y de los planes para integrar a la nación a los desclasados, el fondo de todos los gobiernos populistas seguía siendo de extrema derecha. Las medidas audaces a favor de los trabajadores no ocultaban el hecho de que las masas, a cambio, debían convertirse en escuadrones de defensa del statu quo. Su misión sería proteger, mediante huelgas y manifestaciones, al Estado que los beneficiaba.

A todo esto hay que agregar que la izquierda tradicional siempre se opuso al populismo. Allende se enfrentó a Ibáñez; los comunistas Pagu y Oswald de Andrade, a Getúlio Vargas, y el Partido Comunista en pleno, a Perón. Los izquierdistas de aquellos años vieron el ardid, lo denunciaron y pagaron su osadía con cárcel y torturas. Pero su lección se extravió en la historia. Se olvidó que el populismo era una forma de legitimar democráticamente el autoritarismo y el fascismo. Se perdió el fondo y quedó la forma, la consigna, la retórica. Luego vino el descalabro. Tras la caída del Muro de Berlín, la desorientada izquierda de los 90 acabó abrazando a su contrario.

No toda la izquierda, desde luego. En realidad, una izquierda extraña, mutante, muy distinta a la heredera de la Ilustración, del progresismo humanista o de las conquistas sociales. Más bien, una izquierda urgida de nuevas estrategias para seguir viva en un mundo poscomunista, a la que no le importó fundirse con el delirio de los caudillos latinoamericanos.

Este pacto engendró una de las grandes paradojas de este siglo XXI. En nombre del pueblo, la izquierda acabó defendiendo el autoritarismo antidemocrático. Maduro, el camisa roja que armó a la gente para que lo protegiera, es su último estandarte.

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2019-03-01T00:00:52-05:00

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