Por: Mauricio Rubio

Paradojas del victimismo gay

Edouard Louis es un escritor francés de 21 años que logró notoriedad con una obra sobre el calvario de haber nacido homosexual en un pueblo pequeño.

Edouard Louis es un escritor francés de 21 años que logró notoriedad con una obra sobre el calvario de haber nacido homosexual en un pueblo pequeño.

Todos se burlaban de sus “ínfulas de loca”, lo perseguían, le escupían en la cara y le golpeaban la cabeza contra un muro. Citaba a sus verdugos en lugares escondidos para que lo matonearan sin que nadie más viera. En el lanzamiento del libro en París, su madre aparece entre el público y el escritor abandona el auditorio. La mujer grita que todo es mentira; los organizadores del evento la invitan a otra sala en donde regaña a Edouard, quien responsabiliza a los periodistas de haber convertido su novela en autobiografía. “No está bien lo que hizo, recibió cariño. Nunca fuimos homófobos, nos presenta como atrasados” dice furiosa la madre. La tía piensa demandarlo por difamación. Su hermano es objeto de burlas, eco de la furia de quienes consideran que Edouard es un intelectual barato y, por supuesto, un marica. La directora del colegio afirma que él era popular entre sus compañeros; que fue delegado de clase y muy activo políticamente. Al final del bachillerato, como representante estudiantil, lo recibieron en el Ministerio de Educación. En la universidad conoció a Didier Eribon, sociólogo gay que también había escrito sobre su infancia, su familia, la violencia, la vergüenza y que atribuye el éxito del libro a que Louis “no habla del mundo suyo”. Considera que “cuando uno hace eso es para individualizar las trayectorias; él, las politiza”.

Una variante local de Edouard Louis podría ser Mauricio Albarracín, profesor universitario, activista LGBT y bloguero, quien recuerda que Latinoamérica es campeona mundial en homicidios de travestis y en “Patear al marica” anota que “para los apóstoles del odio, somos ‘criminales sexuales’ que merecemos un destino: el insulto, la humillación, el golpe, la muerte … Cuando nos patean, la galería aplaude”. Como antesala para una discusión seria sobre adopción homosexual difícil concebir mayor papayazo que este victimismo difuso y colectivo. El mismo Albarracín señala incoherencias entre su trayectoria y el discurso politizante. “Crecí con la Constitución de 1991… Durante mi secundaria junto con mis compañeros dábamos peleas cotidianas por tener el pelo como nos gustaba basados en el libre desarrollo de la personalidad”. Esas luchas tempranas no compaginan con las patadas, ni con discriminación en la universidad, como alumno o profesor.

El victimismo artificial merma la confianza, polariza y empantana cualquier debate. Como Louis y Albarracín, los gays y lesbianas que conozco son más líderes que marginados. También hay varios con notoriedad pública que no encajan en la figura de víctima. En las entrevistas a Brigitte Baptiste, conocida trans bogotana, por varios años profesora estrella de la Universidad Javeriana y luego directora del Instituto Humbold, no abundan referencias al matoneo, ni siquiera a la necesidad de tutelazos para defender sus derechos y dictar clase “con zapatos de tacón, pantalón blanco y una blusa de tiritas lila y vaporosa”. El comentario de una alumna suya refleja berraquera y tolerancia, no persecución ni homofobia: “el tipo es un genio; puede andar desnudo que a nadie le importa”.

A Albarracín le importó poco el eventual impacto negativo de su columna sobre algún adolescente gay dudando salir del closet, o sobre congresistas hipersensibles a la opinión pública debatiendo el matrimonio igualitario. “A pesar de que aún existe discriminación contra los estudiantes homosexuales, ésta viene disminuyendo” se concluye de dos encuestas hechas en Bogotá a 191 mil estudiantes. Divulgar ese resultado puede ser más positivo como defensa de los derechos que insistir obsesivamente en el hostigamiento y el odio.

Para el debate informado sobre cualquier reforma, lo más contraproducente del victimismo gay es la mezcolanza de una población tan variada como la LGBT, que está lejos de enfrentar amenazas uniformes. En los EEUU se ha estimado que los chances de que una persona trans muera por homicidio son diez veces superiores a los del resto de la población. No se sabe cuantas de esas muertes corresponden a quienes vendían servicios sexuales pero al googlear “asesinato travesti” predomina en las noticias latinoamericanas el trabajo sexual, un oficio particularmente peligroso: también para EEUU, el cálculo de la tasa de asesinatos de prostitutas -treinta veces superior al promedio norteamericano- sugiere que el altísimo riesgo de frecuentar una zona roja no depende sólo de la orientación sexual. En algún momento será necesario abandonar el victimismo colectivo. Habrá que dejar la quejadera y la piedra contra el mundo para empezar a discutir.

Ver más…

 

 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Mauricio Rubio

¿Fin del mundo o final de mes?

Protestar con chaleco amarillo

Posverdad temprana

Sexo en la cárcel

Clasismo fariseo y ramplón