Por: Santiago Gamboa

Paralelos

Extraños ecos me pareció escuchar, estos días, en el acontecer del mundo y del país. Murió en Londres la cantante Amy Winehouse, de 27 años, entrando al club de jóvenes talentos malogrados, al lado de Jimmy Hendrix, Janis Joplin y Jim Morrison.

Lejos de ahí, en Barranquilla, moría Joe Arroyo, ídolo popular, llorado en todo el Caribe. Joe también se fue joven, de 56 años, y el dato que más me impresionó fue que tenía 38 hermanos. ¡Qué extrañas vidas! La madre de Amy pedía a los fans no comprar los discos de su hija para que no ganara plata, mientras que la mujer de Joe, según leí, siguió firmando contratos de conciertos cuando ya estaba sedado y con respiración asistida. Ambos tuvieron problemas cardíacos y de hipertensión, y según los médicos, en el caso de Amy, por dejar de beber. ¿Por qué ciertos músicos, o ciertos artistas, necesitan destruirse? Ignoro si este fue el caso de Joe, pero supongo que ser un ídolo, en su región, está ligado a un modo de ser, a un desafío permanente a la vida, desafío que la frágil Amy también llevó al límite hasta inmolarse.

Otro paralelo o simetría que registré en estos días tuvo relación con la ultraderecha, con las ideas y la acción de la ultraderecha en el mundo y en nuestro país. Un fanático en Oslo asesinó a 76 personas. La foto del asesino, Anders Behring Breivik, tras el arresto, expresa satisfacción, una cierta paz como de labor cumplida, todo ello contenido en una tremebunda e inquietante sonrisa que, por absurdo, recuerda a la Mona Lisa. La jefa de los servicios secretos de Noruega dice que Breivik no está loco y que está enamorado de sí mismo. Esto me llevó a recordar otra sonrisa, u otras, ya en lo local: la legendaria foto en la que Andrés Felipe Arias y Andrés Fernández salen del Congreso, en noviembre de 2009, riéndose por haber evitado una moción de censura por la gestión de AIS. Se ríen de otro modo, es una carcajada amplia que deforma la cara. No sé por qué, esto ya es ficción, pero me los imagino comiendo paella con whisky, brindando por ser los más berracos y los más frenteros, dignos de su jefe. Enamorados de sí mismos. Ellos no han matado a nadie, como el ultraderechista de Oslo; los muertos de su historia los ponen otros y son más que los de Noruega, muchísimos más, pero la línea que va de ahí hasta esas carcajadas a la salida del Congreso es más sinuosa y no está completamente dibujada, aún, por la justicia, aunque llegará el día. Habrá entonces, supongo, que agrandar las puertas de La Picota, o reabrir la prisión en la isla Gorgona ahora que ya hay un bonito hotel que puede servir de casa fiscal, de isla fiscal, de paraíso fiscal. Las ideas de la ultraderecha sólo matan cuando alguien las pone en práctica, al pie de la letra, como pasó en Oslo o como ha pasado en campos y veredas de Colombia. Los que las defienden, los que obtienen privilegios basándose en ellas, no se sienten asesinos, y en rigor no lo son. Pero esas sonrisas...

 

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